domingo, 2 de marzo de 2014

EL ESPECTADOR
D
el techo colgaban varias arañitas de sus telas. Eran como tres docenas, del tipo de insecto industrioso que en un instante hace su red. Perfecta trampa para los moscardones atraídos por la luz que irradiaban los focos que colgaban indolentes de las vigas que sostenían el techo del tejaban donde él escribía.
          Siempre escribía en la misma mesa, en la misma esquina y en la misma silla. Observaba con ojos llorosos las cosas que pasaban a su alrededor y tomaba notas de lo que creía interesante. Yo le observaba con atención, pues me parecía interesante su físico. Era robusto, con esa robustez que da la buena comida, el buen yantar diría alguien más ilustrado que yo. Tenía unos pies grandes y anchos, que embutía en unos zapatones mucho más grandes; zapatos que por lo regular traía sucios. Sus ropas eran holgadas y siempre de color ocre; café o gris, amarillo o rojo. Tenía la nariz como aplastada, como si se le hubiera roto el tabique de un duro golpe, “nariz de boxeador”: diría yo. Sus labios eran gruesos y bien dibujados; el superior se lo adornaba con un bigote de pelos rígidos, brillantes, que le caían por las comisuras y que de cuando en vez los mordía recortándolo con sus dientes. El color de su piel era más bien cobrizo, que delataba su sangre mestiza. El pelo medio canoso y rizado, algo ralo por la frente, se le presentía sedoso y suave al tacto como vellón de borrego, le hacía parecer bobalicón. Sus ojos color café tabaco tenían una mirada inocente que cambiaba mucho cuando alcanzaban a distinguir algún rostro o cuerpo hermoso de mujer, volviéndose oscuros y agudos, inquisidores, mas bien libidinosos, diría yo.
Siempre apoyaba la barbilla en su mano izquierda mientras escribía con la derecha jugueteando de vez en vez con la pluma. Escribía sobre hojas sueltas de papel económico, del que acá le dicen “revolución”.
          Tenía una cualidad que después descubrí me serviría para ubicar sus pensares en un día de su vida. A todo lo que escribía le ponía hora y fecha.
Era visitante continuo de mi pequeño pueblo, ¿De donde venia?, nunca lo supe, ni supe su nombre. Yo solo sé que llegaba de vez en vez a sentarse en la misma mesa, en la misma silla y en la misma esquina del restaurantito “El Quihubo Pariente”, comedero que se asentaba en la orilla de una de las carreteras más transitadas del País, por lo que resultaba perfecto mirador para tomar notas de cosas que a él le parecían importantes y que le inspiraban algún atractivo especial, diría yo.
A mi me parecía un personaje huraño y raro, de poco hablar, más bien diría yo, de mucho pensar. Cuando esa vez dejó sus papeles olvidados en la mesa, me di cuenta que escribía en español y que fechaba sus escritos.
Cosa curiosa, nunca dejaba olvidado nada, mas esa vez se quedaron unas hojas sobre una de las sillas que rodeaban la mesa, hojas que descubrí accidentalmente al volarlas un airecillo travieso, de esos que soplan por acá en el mes de noviembre. Levanté los papeles para guardarlos y entregarlos, mas me venció la curiosidad y comencé a leer.
          Bueno, el escritor del que hablo jamás ha regresado a mi pueblo. ¿Que le pasó? ¿A que país se fue? ¿Murió? ¿Anda buscando paisajes en otro pueblo como el mío?
Yo le continuo esperando, ya que conservo sus papeles, pero hace días, en un periódico de los mas leídos por acá, en una pequeña nota, vi que invitaban a los escritores de habla hispana a un concurso de cuentos en esa lengua y se me ocurrió mandar los escritos, que por accidente están en mis manos; así que conseguí que me los escribieran en máquina y aquí están.
Si son cuentos  o no, o si está permitido hacerlo, yo no lo sé, pero a mí me parece justo que lean otras gentes lo que este discreto escritor dejó una vez olvidado en una silla de un comedero llamado “El Quihubo Pariente”, en un pueblito simpático, en la República Mexicana.

2:15 Hrs.

En la penumbra de la calle obscura se distinguió la mancha blancuzca, alechozada de su pálido rostro, que mas resaltaba por lo negro de su camisa. Volteó y al verme capté su temor de ser reconocido e inmediatamente giró el rostro y acelerando su paso, con las manos en los bolsillos, ni siquiera hizo ruido alguno y se desvaneció en las sombras de la calle, eran las 2:15 de la mañana, rara la hora para andar en la calle, pero a esas horas por lo regular es cuando él trabaja.

4:00 Hrs.

De repente lo vi venir haciendo ruidos extraños y señales luminosas, rojas y amarillas. Brillos de cromo y oro se notaban en sus miembros mas importantes, estaba todo pulido y brillante, y pintado muy bonito de rojo y amarillo. En las partes bajas todo pintado de blanco.
Llegó exactamente frente a mí, y se quedó parado, pero continúo haciendo ruidos fuertes y molestos. Echaba aire a mucha presión, eso hacía que levantara polvo de la calle. De repente, aumentando el volumen de sus ruidos varias veces mas, se quedó completamente en silencio, sosegado, tranquilo; su conductor iba a descansar.
          Era un tractor rodante, de esos que mueven toneladas de carga por las carreteras de nuestro país, que digo yo, son las arterias principales que hacen vivir el gran corazón que es el Distrito Federal.

5:30 Hrs.

Pasaron las dos, gordas, brillantes de sudor, chinas, olorosas a ajos y a cebollas, en los dientes de ambas brillaba el oro y en sus ojos el deseo. En sus entallados pantalones rezumaba la carne abundante. Me saludaron
- Buenos díasss. Una de ellas todavía me sonrió con ojos y boca. Una boca que era un manchón rojo y amargo que resaltó en su redonda cara, como el punto putrefacto de una naranja demasiado madura. Así las vi yo esa madrugada, como naranjas amarillas ya echándose a perder.

6:25 Hrs.

En la radio escuchaba la voz de un locutor norteño, que hablaba y hablaba, cuando a través del vidrio ahumado del autobús que en ese momento pasaba frente a mí, distinguí un perfil que hace años no veía.
-¿Adonde ira?, me pregunte. ¿Quien la acompañará? ¿Que será de su vida? ¿Cuantos hijos tendrá? ¡Ufff! años, muchos años han pasado por nuestras vidas y todavía la distingo ipso facto. ¿La mente es prodigiosa o el objetivo es placentero? He ahí el misterio.

6:40  Hrs.

¡Dios Mío! si en esta vida me mandas oportunidades, no seas malito, mándamelas atravesadas y no al hilo.

6:50 Hrs.

Te pienso a raudales, porque te enquistaste en mi cerebro y tu ausencia marca con su realidad las largas horas de mi esperar. Al pensarte, inclino el fiel de mi balanza hacia tu recuerdo y el peso de mis ansias por ti me obliga a añorarte.
Te seguiré pensando, por que con ello aliviano mis madrugadas, y el día se precipita sobre mis ojos como un puñado de arena, por lo que te lloro y al llorar desahogo mis comprimidos suspiros que aprisionan mi pecho. Te seguiré pensando por que así logro lo anhelado, tenerte a diario conmigo para realizar mi sueño. Ya no pensarte, por que si te pienso mucho, así mismo te olvido.

7:10 Hrs.

El cuchillo brillaba conforme penetraba. En la cara del que lo utilizaba se notaba un raro placer, como si gozara con utilizarlo al herir las partes más blandas y suaves del cuerpo de la víctima. Brillaban sus ojos con un fulgor inquietante. En la piel de las mejillas del heridor, rielaba el fulgor del sol del amanecer, un sol color zanahoria que coloreaba las hojas del árbol de almendras, donde displicente se recargaba aquel tipo, mientras continuaba con su extraño placer. Cortar, penetrar, clavar, herir, despedazar hasta hacer picadillo los cuerpos indefensos de sus diarias víctimas.
Esas víctimas que nunca se quejaban, que silenciosas se dejaban degollar, cortar, penetrar. Esas deliciosas víctimas que nosotros los latinos presumimos y saboreamos. Las sandías, jícamas, naranjas, pepinos, piñas y melones con que nos refrescamos en los calurosos marzos, abriles y mayos de nuestra República almibarada y placentera.
Y el amigo frutero, continúo con su labor de siempre; pelar y partir las frutas para nuestro placer.

7:22 Hrs.

El farolillo rojo se mecía con la suave brisa, mientras las sombras nocturnas huían escurriéndose por entre las hojas de los árboles, el cielo comenzó a ponerse clarito, se aproximaba  el día con zancadas enormes. A finales de otoño los días se acortan por las ganas de que llegue la Navidad. La brisa agitó el follaje como apurando a la noche y me tocó ver como esta escapaba rápidamente entre las hojas  de los higueros. ¡Que te baya bien!, le dije, antes de que se perdiera por la carretera, iba a las carreras.

7:45 Hrs.

El ave era realmente hermosa, caminaba a la orilla de la carretera con la dignidad de un soberano. Su cresta era roja de un tono brillante. Era un pollón de esos que les llaman “giros”; las plumas del cuello eran plateadas y casi todo su cuerpo se cubría con plumas negras, solo en las puntas de las alas le resaltaban unas cuantas plumas coloradas. Caminaba por la orilla de la carretera picoteando algunos granos de sorgo o maíz de los que se les caen a los carros cargueros al transitar rumbo a la capital. Como estaba amaneciendo, de vez en cuando se detenía, se engallaba y echaba su canto al viento de la madrugada, continuando con el rito añejo que genéticamente heredó de sus antecesores. Así lo observé y escuché por unos instantes, mientras se perdía por la calle donde algunos niños madrugadores ya se dirigían a la escuela, eran las 7:45 de la mañana de un miércoles, en el otoño de 1989, ya casi para cerrar la década.

8:44 Hrs.

          La acidez del jugo de toronja que estaba tomando, no se por que me recordó la cara de la señora. De esa que siempre pasa con el ceño fruncido y en la boca un rictus amargo y desencantado, la que  envuelta en su rebozo, trata de darle calor a su enjuto cuerpo sin gracia., que ya no le produce más que disgustos. Creo que además de la acidez, también tiene el color de la toronja, realmente me atrevo a afirmar que es una señora agria y sin color, desabrida e infeliz.

8:48 Hrs.

Con sus cubos vacíos colgados de un madero que balanceaba en su hombro derecho, pasó mi paisanito rumbo al pozo de agua. Con su mismo sombrero y su misma amabilidad que le caracteriza a toda su generación. Generación atenta y respetuosa de las costumbres urbanas; como esa de saludar en voz alta y despedirse lo mismo y ni siquiera detener el paso. Así es mi paisanito, así fue su papá y así fue su abuelo, y el ya le enseñó a su hijo a ser así.
Porque así deben de ser las cosas, como Dios manda.

9:13 Hrs.

Te distinguí entre el gentío por tu linda melena rizada color claro, que se noto esponjosa y perfumada. Cuantas veces he deseado enterrar mi rostro en esos tus perfumados rizos. Tus rizos que en mis sueños quiero. Tus rizos que en mi despertar anhelo. Tus rizos que en mi dormir presiento. Blonda tu melena hermosa, que llena de deseos mis madrugadas. Te distinguí inmediatamente y así como te vi, te perdí. Porque de sueños abrumada mi mente, solo pudo perderte en el diario laberinto insulso de mis grises días.

9:32Hrs.

          A la distancia se te notaban las canas como aureola que circundaba tu frente. Menudita, morena, con una dignidad de reina, esperabas pacientemente el autobús que te llevaría a tu destino. Te observaba a la distancia sintiendo tu presencia pueblerina en tu actitud pasiva al estar parada. De tu hombro izquierdo colgaba una bolsa de manta. Cruzando tus brazos platicabas con alguien y sonreías continuamente, reluciendo en esa sonrisa los casquillos de oro de tu postiza dentadura. Mi pueblerina menudita, me dejaste esa mañana al contemplarte, sabor de ajonjolí.

9:58 Hrs.

Su rostro canijo y ratonil se mostraba feliz, iba arrimadita junto a su creo yo, marido. Su pelo lacio recogido en una coleta la hacía más  aguzadas sus facciones. Sonrió mostrando sus dientes de roedor. Sus ojillos brillaban de felicidad, mientras besaba a su hombre en la mejilla. Los labios un poco jalados hacia abajo, hacían cruel su sonrisa, era pálida, de pupilas amarillentas, era creo yo, un futuro cadáver.

10:15 Hrs.

Que hermosura de conjunto. Eran cinco, todas ellas iguales de dignas y de bellas, con la belleza natural del campo y de las flores naturales que nacen en los potreros. Se me imaginaron como quiebra platos o campanillas blancas. Las cinco con sus rebozos repletos de algo, colgando de los hombros. Las cinco despeinadas, sudorosas, con sus “Quesquémeles” sucios y sus blusas pepenadas de varios colores, también. Descalzas por que en ellas, creo yo esa necesidad es lujo. Llegaron frente de mí y pude observarlas a placer, cada una se deshizo de su carga y cada una buscó una piedra del cerco del jardincillo para sentarse a descansar. Se me imaginaron palomitas grises acurrucadas tomando el sol. Por dentro de mí sentí la ternura que se siente cuando se abraza a un niño y un deseo de ser mejor mexicano me invadió.

10:50  Hrs.

Pasó frente a mí con el paso tranquilo y lento del que no tiene compromisos. En su pelo se notaba que había estado durmiendo, la ropa algo arrugada lo certificaba.
          En su rostro pálido, más bien amarillento, se veían rastros de alguna enfermedad, paludismo o hepatitis, me dije, mientras le observaba pasar, arrastrando tras él su desesperanza, su apatía, su aburrimiento. Como él, hay muchos en mi pueblo. Jóvenes a los que les hace falta que hacer, ya que no tenemos suficientes fuentes de trabajo. Que triste es esto, pero es más triste no darle solución a este problema. Cuanta fuerza perdida, el futuro del país sin apoyo necesario, es como si abandonáramos a la naturaleza el vivero de nuestro mejor huerto.

11.10  Hrs.

Recargado sobre el volante de la pick-up, puso las luces direccionales para salir del estacionamiento hacia la carretera. Acomodando con la mano derecha el espejo retrovisor que le reflejó la imagen pálida color de luna de la sin prisas, de la que agazapada esperaba por él. Movió enérgicamente el espejo y  la imagen se diluyó como dentro del agua, y se dijo para sí:
- Por hoy no señora.
Mientras salía a la carretera persignándose con la misma mano derecha y con el pie en el acelerador y a fondo. Y así se fue y todavía no ha regresado.

12:00 Hrs.

Se subió al estribo del camión, pegó el rostro al cristal de la puerta mientras se sostenía con una mano de la escalerilla con la que se sube uno a la canastilla que se encuentra arriba de la caseta, y con la otra mano, de uno de los tubitos cromados que sostienen el espejo retrovisor, que reflejó el brillo de su reloj. Su aliento opacó el cristal no dejándole ver si el ocupante de la cabina se encontraba solo. Movió el rostro evitando la mancha que produjo su aliento sobre el cristal y observó dentro de la caseta a la pareja que dormía, hombre y mujer. Se descolgó del estribo silenciosamente, maldiciendo su mala estrella.
- Chihuahua, me hubiera gustado otro más por este día.
 Se decía mientras movía sus caderas al caminar a la orilla de la cinta asfáltica y sacaba de su bolso que traía colgado de su hombro, una cajetilla de cigarros con filtro, de la que extrajo uno y con un cerillo le metía fuego, llenándose los fríos pulmones con el cálido humo de la mixtura quemada.


12:25 Hrs.

Sus ojos verdes, luminosos, translúcidos, me miraron pícaramente mandándome el mensaje de su coqueteo. Era una mujer sensual a pastos. Su pantalón blanco, de esos flojones, se transparentaba más porque se puso a contraluz. Se le miró el bikini, blanco también, con encajitos en todas las orillas que circundaban sus rotundos y finos muslos. Al través de la blusa, de tela tipo seda, se le notaban en la espalda unas pecas que la hacían más sensualona.
La cintura estrechada por un cinturón de piel negra, se antojaba abarcar con las manos. Sus pies pequeños, blancos, con las uñas pintadas de rojo, con el color parecido a la sangre de los pichones, se dejaban envolver en unas sandalias con correas de charol negro.
- ¡Que mujer! Me dije. Como para ponerle los cuernos sin preocupación a su marido.

12:54Hrs.

La que fue máximo atractivo de mis impulsos amorosos, hoy se diluye pardamente en el montón de rostros grises de la multitud. Se pierde cada día más en el remolino diario de mis observaciones. Que pasajera es la pasión; claro, deja la satisfacción de lo logrado, pero también deja el hastío de lo saciado. Ya calmados los instintos, satisfechos los deseos, lo que fuera incitador motivo es hoy triste reflejo.

13:24

Le miré en una profunda y triste contemplación, lo observé reflejado en el cristal. El no se daba cuenta de mi escrutamiento. Sus ojos demasiado abiertos, casi redondos. Los dientes blancos separados unos de otros, le deban una apariencia de sonrisa forzada; famélica, más bien diría yo, pues su delgadez se le amontonaba en sus hundidas mejillas que afilaban su rostro color café con leche. Su nariz que era una raya mas clara, posiblemente por la luz, se le distinguía de todo el panorama de su cara.
Me llegó su mirada como un chorro de agua fría y me caló profundamente, que razonando me dije:
- El hambre está llegando a mis fronteras. Cuidado hombre, cuidado.

13:44 Hrs.

Hoy te extrañé, acostumbrado a tu imagen de todos los días. Hoy en mi pecho hay una falta de aliento, como que se niega a respirar. Lo siento oprimido y anhelante. En el mar de rostros de mi día, busqué el tuyo que siempre sobresale y no lo hallé. Sentí caer  el peso de la desesperanza sobre mis hombros y quise dormir  para morir un poco. Cuanta falta le haces a mis deseos, cuanta necesidad tengo de tu mirada, cuanta ausencia me llena por no mirarte, cuanto penar se agolpa por no encontrarte.

14:10  Hrs.

Lo veo pasar, bajito, con un sombrerito negro calado hasta las orejas, en el bolsillo trasero de su pantalón le asoma un periódico doblado, sus ojillos rojizos por la cruda, le confieren un aire misterioso de conspirador. Un bigotito delgado y bien rasurado le da un aire ladino y padrotero. Tiene pinta de lambiscón, de gorrón y de traguetas. Le he observado varias veces, me parece que se la vive cazando las sobras de otros, es de esas gentes desvergonzadas que con tal de llenar la panza venden lo que no tienen, y además con su labia resbalosa y conmovedora, consiguen lo que les hace falta, inventando, calumniando, murmurando, halagando, desprestigiando, así se conserva satisfecho, eructando puras sabandijas de su misma calaña.

15:05 Hrs.

Su esbeltez y garbo, me provocó observarla a fondo, detenidamente y con toda atención. Portaba una falda negra de largo moderado y de tela sintética, plisada en la cintura, lo que hacía que se le abombara en las caderas, haciéndola mas atractiva a mi vista. Por la parte delantera su vientre plano hacia que la falda cayera recta hacia las rodillas. La blusa era amarilla, con mangas hasta los codos, con un cinturón ancho de charol negro y hebilla redonda dorada, como botón de un traje de payaso. Sus pequeños senos apenas se insinuaban debajo de su corpiño que enseñaba sus orillas por el cuello de la blusa como curiosos chiquillos asomados al brocal de un pozo. Llevaba el pelo recogido en una coleta que movía al caminar por el rápido ritmo que imprimía a su paso. Y lo increíble pasó. De repente giró su rostro hacia mí. Y sus ojos dorados como un sueño me miraron con algo de desdén. Desde entonces quiero vivir en el hermoso embrujo esos ojos dorados que dejaron iluminada mi vida con los colores del ensueño.

15:38 Hrs.

La niña chupándose uno de sus dedos pulgares, la miró y al mirarla, sus ojillos se iluminaron con la luz de la malicia. La pollita buscaba por la banqueta que comer, era negra, sus patas amarillas se miraban robustas, la cresta de arriba de su cabeza era roja, el pico algo curvado era negro como sus plumas. La pollita piaba mientras buscaba alimento. La niña que se chupaba el dedo, la de los ojitos maliciosos, de repente se acercó por la parte de atrás a la pequeña gallina y la atrapó por la cola, mientras el animalejo aumentaba el volumen de sus píos. La niña gozando mucho con el momento, lanzó a la atrapada ave al viento, mientras de sus ojillos desaparecían como agazapándose, las lucecillas de travesura que momentos antes habían incendiado sus pupilas.

15:54 Hrs.

Caminaba con ese caminar de filosofo, a cada paso giraba la cabeza a ambos lados, con una mirada periférica que abarcaba los 360 grados. De repente, aceleraba el paso y picoteaba rápidamente sobre el alimento encontrado. No paraba de caminar, echando la cabeza por delante, semejaba una de esas gentes curiosas que con las manos detrás inspeccionan en los “Supers”, los anaqueles de mercancías y de repente, estiran en un santiamén la mano, toman un objeto, lo observan y lo echaban al carrito que la esposa o el hijo llevan empujando pacientemente y luego colocan nuevamente sus manos atrás y continúan caminando por ahí. Así me parecía este personaje solitario que me pasó a entretener una tardecita fresca del mes de Octubre, un personaje que me hizo pensar que Dios nos hizo a todos muy semejantes.

16:05  Hrs.

Pasó con su pantalón entalladito entalladito sobre sus rotundas caderas, que con un ritmo suave movía al caminar. El taconeo garboso de sus botas de tacón alto, marcaban el ritmo de su andar, haciéndolo mas atractivo a las miradas de los hombres. El pelo suelto, rizado artificialmente, color caoba oscuro, le llegaba hasta abajo de los hombros, esto le confería un aire muy sensual y  femenino. Su boca era de labios gruesos con un rictus medio cruel, por las comisuras de los labios que se jalaban un poco hacia abajo, era una boca que se antojaba mullida y besable mas bien diría yo, succionable. En sí todo el conjunto era atractivo y sexy, principalmente, por sus ojos rasgados y húmedos, con reminiscencias asiáticas o aztecas. Realmente me impresionó todo en sí de ella. Existen bellezas ocultas en todo lo largo y ancho del país y para observadores como yo, resulta placentero contemplar de vez en cuando este tipo de mujeres criollas, que nos dejan un sabor de nostalgia y añoranza.

16:18 Hrs.

Después del mal paso quedó solo el pensamiento de que hubiera sido mejor no darlo, una leve preocupación hizo que se tensaran los músculos de mi cuello, causándome un ligero dolor de cabeza y eso fue todo. Ninguna otra sensación o culpabilidad, todo fue tan sencillo, simplemente lo hice y las cosas salieron como debían salir. Tanto darle y darle vueltas al asunto y todo para que fuera tan sencillo. Dar un mal paso no cuesta nada, ni siquiera vale la pena volverlo a pensar.

16:33 Hrs.

La actividad realizada, afirmó mi parecer de que las cosas son como deben ser, no hay motivo sin razón ni movimiento sin causa, todo está marcado por las leyes irreversibles del universo. Los puntos en la distancia parece que se tocan, eso hace que las leyes físicas sean tan volubles para los soñadores como yo, pues soy de los que piensan que las perspectivas particulares nos indican que no hay verdades absolutas, sino individuales. Todos lo comprendemos de acuerdo a nuestro intelecto que marca los límites de nuestra cordura.

17:01 Hrs.

La sensación persiste, es un malestar más mental que físico, es como un desdoblamiento. Veo las cosas de otro nivel, como si no fuera yo. De repente me convierto en observador en vez de actor y yo  mismo me contemplo aprovechando esa dualidad de sensaciones, es como verse en un gigantesco espejo y poder criticar mis actitudes. Criticarlas, mas no corregirlas.
Que triste es saberse mediocre físicamente, con limitaciones tantas y saberse mentalmente superior. Cuanta carga para tan pequeño cerebro; cuanto cerebro para tan limitante cuerpo.

17:16  Hrs.
         
El ruido penetra en mis oídos como tromba, es preocupante sentirlo tan cercano, suena poderoso y avasallador. Se apodera de mis sentidos haciéndome sentir tan frágil e indefenso, mas bien me intimida e imágenes de dolor y llanto se concentran en mi mente, lucho contra eso, controlo mis impulsos y me digo, cuan frágil es mi envoltura, que indefensos somos contra los elementos naturales, pobre cuerpo humano, tan débil y tan dependiente.

18:14

Allá vas por la calle con un pequeño niño de cada mano, tu pelo se alborota con la brisa, tu rostro se ve feliz, satisfecho, pleno de tranquilidad creo yo. En la maternidad ahogas tus otras inquietudes. Que bueno, eso me llena de dicha, naciste para ser madre, no amante. Me equivoqué, lo reconozco y en este reconocimiento no hay pena ni desolación, si no una verdad inconmovible. La naturaleza vence los instintos. Naciste para ser madre no amante.

19:14 Hrs.

Se sobaba con su mano izquierda el estómago, mas bien se lo acariciaba mientras platicaba con su madre, haciendo tiempo a que pasara el autobús que abordaría pa’ir a trabajar. Su pelo lo adornaba con una serie de pequeños moñitos blancos que le perfilaban la nuca.        Los labios rojos, besables, con una generosa capa de bilet, resguardaban su dentadura medio amarillenta, color hueso, pero brillante y sana. Su madre le observaba con esa mirada sonriente que todas las madres tienen cuando sienten verdadero orgullo por sus retoños. Yo pensé.
- Así deben de ser todas las madres.
Eran las 19:16 horas en mi mollejón de raza nipona, cuando a la carrera, la dama observada le da un beso en la mejilla a su madre y a las prisitas se dirige a la parada del autobús, mientras en su sonrisa brilla un destello dorado idéntico al de los tacones de sus zapatillas que resonaron en la gravilla del acotamiento al acercarse al vehículo que abordaría. Se subió y la madre le dijo adiós con la mano, mientras sus labios la bendecían calladamente.

20:50  Hrs.

Con las ansias viejas en sus acuosos ojos de soslayo la miró, su pelo canoso alborotado, embutido en una cachucha con la visera  ladeada, que le confería un aire desaliñado y algo sensual. Ella, que en su rostro maltratado mostraba el transcurrir de los años, también de soslayo le miró, mientras sus ansias las comprimía en los puños apretados que arrebujaba en las bolsas de su bata y se decía para sí:
- Lo que son las cosas, yo con ganas y él que va de paso.

22:10 Hrs.

          De la mano y muy juntos se fueron por el callejón, abrazándose de la cintura los dos, cadera con cadera, hombro con hombro, casi muslo con muslo; los dos con pantalones de mezclilla y tenis. Ambos con el pelo del mismo tamaño, idénticos de espaldas, la misma talla, el mismo amor, el mismo sexo, afianzado en esta unión la raza del futuro. Hermafroditas.



La tarde me ofreció su gris panorama, que conjugado con la apatía que sentí en ese momento, me hizo desear ser ave y remontarme en el viento. Ese era mi sentimiento cuando decidí escribir el final de la relación anterior que ojalá les haya parecido entretenida como me sucedió a mí y que me perdone el escritor-observador que dejó olvidado esos escritos. Si no fuera así me hallaría en mi domicilio conocido como siempre. Para servirles.
Allá donde se perdía
el eco entre el lomerío,
entre el verde y limpio río
de la grama, y la armonía
que la calma producía
en su perpetuo sigilo.
Allá donde con estilo
la bruma pintaba todo
adueñandose a su modo
marcándome con su filo.

Allá deje mi pasión
con bejucos amarrada,
una tibia madrugada
entre nubes de ilusión,
flotante mi corazón
entre la fresca neblina,
con olor a mandarina
y de color azul cielo,
pálido y perenne velo
que recorría la colina.

Allá en el fresco boscaje
desgaje con gran anhelo,
todo mi afán con recelo
 por iniciar este viaje
no me traje de equipaje
más que mi absurda ansiedad,
por llegar a la ciudad
donde perdí mi quimera,
mi ilusión, mi vida entera
mi calma y tranquilidad.

Allá mi alma se quedo
de los naranjos guindada,
y mi pasión atorada
en un rayito de sol,
como brote de fríjol
renacerá, más yo lejos,
reflejándome en espejos
en esta ciudad lejana,
sin futuro y sin mañana
respirando aires muy viejos.

Allá donde la añoranza
me lleva todos los días,
están las flores tardías
de mi fe y de mi esperanza,
mientras acá, sin tardanza
se me clavan brillos fieros,
deshaciendo mis esmeros
desbaratando mis ganas,
solo oyendo las campanas
de los carros basureros.
         ¡ Talan, talan, talan, talan!
18.59 Hrs. de un 6 de Enero del 2003.

Xalapa, Ver. S.a.C.f.
LA LEONA Y LA ERISIPELA


N
o es tan fácil para mi relatarles esto que me tocó vivir allá en el Rancho de mi padre, rancho que es una pequeña fracción de lo que  antes fue la enorme hacienda de Zanatepec (Cerro de los zanates), propiedad comprada por mi bisabuelo, padre de Don Herminio Cabrera, mi abuelo paterno, persona culta y de inclinaciones artísticas, ya que según cuentan estudió algo en la famosa Academia de San Carlos, allá en la en esos tiempos lejana capital.
Bueno, ha de ver sido como en los años sesentas, cuando lo que trato de relatarles pasó. En la región norte del Estado de Puebla, muy cerca de los linderos de Veracruz es costumbre todavía la de aceptar peonada que vienen a vivir a la propiedad con toda su familia, y el dueño del rancho les proporciona techo y terreno para sus siembras, pudiendo tener sus animales de corral, cerdos, borregos, guanajos y gallinas, con el compromiso entendible, de proporcionar su mano de obra cuando sea necesario, que por lo regular es siempre, mano de obra que se les paga de acuerdo a los salarios existentes en la zona.
Así fue que esa vez se aposentaron en “El Suspiro”, casita de tejas de barro y paredes de tablones de madera de “frijolillo” y “caobo”, que se encuentra situada en una loma, como a unos 1,500 metros de la Casa Principal. Casita que tiene a su alrededor unos árboles de ciruelo criollo, guayabos y durazneros priscos y que escucha el murmullo del arroyo que pasa muy cerquíta de la misma al pie de la ladera, arroyo que se escurre y sombrea bajo ramazones de tarros, bienvenidos y tepe tomates.
Decía, que se presentó una familia compuesta por un matrimonio ya de edad, pero que traían una jovencita como hija, que más bien parecía nieta. Esta pareja formada por “Cándido” el esposo y “Doña Cacha”, una viejecilla que tenía la costumbre de cuando hacía calor andar desnuda de la cintura para arriba, aún recuerdo cuanto me llamaba la atención ver sus senos flácidos y pellejudos que le colgaban casi hasta la cintura. Y la hija, que tenía por nombre el de Leonor, por lo que de cariño le decían  “La Leona”.
Ella era una mujercita tímida, redondita de formas, con un matojo de pelo esponjoso, rizado y rojizo quemado por el sol, por lo que le quedaba perfecto el mote de “La Leona”, yo la alcancé a ver varias veces por las tardes cuando venía de bañarse en el arroyo, con un pedazo de manta enredado en la cabeza, manta que ocupaba como toalla. En mi inquietud juvenil la notaba sensual y antojáble, olorosa a yerbas frescas y a fronda.
Por esas fechas llegó a vivir con esta familia, un jovencito muy alegre y chiflador, que según luego me enteré, era algo familiar de Doña Cacha. Este personaje venía de alguna colonia del Distrito Federal, por lo que era demasiado despierto en comparación con los jóvenes nativos de su edad, yo, sin que él lo supiera, le apodé “El Chiflador”, puesto que las veces que lo encontré cuando iba a caballo a campear las vacas, siempre iba silbando, notándosele alegre y despreocupado, además de simpático. El trajo de allá de la Gran Ciudad, un radio portátil que siempre llevaba colgado de uno de sus hombros y cuando laboraba como peón en alguna de las faenas que se le encomendaban, lo tocaba, atorándolo en algún árbol cercano a su trabajo, por lo que se escuchaba en el ambiente del medio día, la música que captaba por las ondas del aire y que venía para nosotros desde muy lejos.
Con el paso de los meses, me di cuenta, que la Leona se ponía mas bonita, coloradita y mas sonriente y cuando la veía venir del riachuelo después del baño, siempre la acompañaba el chiflador y su radio.
Cierta tarde ya casi oscureciendo, se llegó doña Cacha con mi madre a pedirle consejo y opinión, su ayuda, ya que a la Leona se le estaban hinchando las piernas y le dolían los huesos. Mamá después de escuchar los síntomas que doña Cacha notó en su hija, diagnosticó una enfermedad que era muy común en esos días, la erisipela y le recomendó entre otras cosas que le caldeara las piernas inflamadas, con barquilla morada y que procurara no asolearse.
Hasta ahí me enteré de las cosas que estaba sufriendo la leona. Ya que por decisión propia, me separé de la casa paterna para ir a recorrer el mundo, conocer otras gentes y lugares, trabajando y buscando el futuro, cosas que todo joven desea encontrar por si mismo. Y los meses se deslizaron bajo la puerta de mis anhelos, convirtiéndose en tres o cuatro años, tiempo que tardé en saber de aquella familia.
Otro de los trabajadores del Rancho, me refirió de lo que le pasó a la Leona, ya que fue el actor principal en el desenlace de la historia que les relato. Gabriel, así se llamaba esta persona, un domingo en que regresaba del tianguis que se realizaba en el poblado más próximo, acertó a pasar muy cerca del “Suspiro”, la casita aquella que le habíamos facilitado a Cándido y su familia, cuando según él, oyó que la Leona gritaba, como quejándose y se acercó presuroso para ver que acontecía a esta familia y prestar auxilio como se acostumbra hacerlo cuando se es vecino y compañero del jornal.
El Gabriel se llevó la sorpresa de su vida al encontrarse a la pobre Leona pariendo una niñita, en solitario. Ya que sus padres también andaban de tianguis dominguero y ni siquiera estaban enterados de que su hija estaba preñada. Así que Gabriel, hombre de experiencia, pues él con su mujer habían tenido ya media docena de chiquillos, auxilió a la pobre Leona que ni siquiera sabía lo que era un parto, así que el Gabriel la hizo de comadrona y con su machete cortó el cordón umbilical, realizando los trabajos necesarios para que el parto, tan rústico, saliera con bien.
El Gabriel me contó, que el Chiflador se desapareció dos o tres meses antes de estos hechos y que nadie sospechó ni sabía que la Leona estaba embarazada, que el Cándido cuando regresó del tianguis, encontró a su hija ya con su nieta en los brazos y que el único comentario que hizo, fue que lo bueno
 de todo era que el chiflador le había dejado a la Leona su “Radio Portátil”.
Así paso esto y cuando lo llego a platicar, siempre me refiero que la Leona parió una niñita a la que yo le puse “La Erisipela”.


LOS VAQUEROS

          Salimos una madrugadita fresca del mes de febrero, para el rumbo de Ixhuatlán de Madero, por el camino que pasaba a la orilla del panteón, entre los ladridos de los perros y el humo que brotaba de alguno de los jacales en los que ya estaban las inditas madrugadoras preparando “El Itacate” para sus jornaleros.
Éramos tres; Atilano, el mayor de edad, montaba un caballo colorado frontino y tresalbo, muy bueno para los trabajos de corral, pues en los píales y en las lazadas no había otro como el. Atilano era güero y chichiliano, de complexión alta y correosa. Esa vez llevaba puesta una chaqueta de gamuza, bordada con arabescos de cuero color mas oscuro, pantalón de montar, como todos nosotros, botas altas en las que tintineaban unas espuelas de rodelas grandes, camisa de seda color rojo, que le iba muy bien con el tono de su piel, paliacate de seda negra amarrado al cuello, que le sobresalía por la parte de atrás de su hombro derecho moviéndosele suavemente por la brisa mañanera, portaba un sombrero de color gris claro y de alas anchas (siete equis) el y su montura abrían la marcha por la vereda rodeada de matojos de sacáte guineo y por acagualeras diversas.
Atrás Juvenal, güero también, bajito y gordito, que tenía por característica, mocha la oreja izquierda, simplemente no la tenía, la perdió en una intervención quirúrgica mal curada.
Juvenal cabalgaba sobre un potro alazán al que le nombraba “El Jilguero”, pues el animal tenía la costumbre de resoplar cuando mostraba nerviosismo al notar algo desconocido en el camino, este caballo era buenísimo para las lazadas en carrera, pues su velocidad hacía que casi metiera uno con la mano la gasa en la cabeza de la res encarrerada, además de que era robusto y aguantaba los restirones de las vacas y los toros mas pesados. Juvenal como Atilano, llevaba puesto el infaltable sombrero de pelo del siete equis, pero el suyo era color ocre, oro-cobrizo, y vestía esa vez guayabera blanca, paliacate rojo de algodón al cuello, botines de punta y tacón alto color café, espuelas con rodelas mas finas que las de Atilano pero de mas lujo, por los grabados de plata que mostraban.
Su montura era de esas con cantinas y sus estribos no llevaban tapaderas, estribos que hacían juego con las espuelas, ya que mostraban los mismos grabados en las partes metálicas.
Y yo, Valdemar el de menos edad, que esa vez montaba a mi caballo “Flor de Caña”, un morito muy joven que todavía no agarraba su color original, aunque de menos alzada que los demás, era el mas nervioso y rápido, su agilidad le hacía ser perfecto para corretear a los terneros rezagados y que se escondían entre los matorrales, además como le sobraba clase y energía, era muy bailador y presumido, pero ya en plena marcha, tomaba el paso cómodo que conocíamos nosotros como de doble andadura.
Esa vez llevaba yo puesta una camisa de lana ligera a cuadros negros y blancos, de manga larga  y que se abrochaba con tarugos de hueso en vez de botones, paliacate blanco de seda, que me gustaba usar metido dentro de la camisa como gazné o corbatín, pantalón de montar de gabardina color caqui con rodilleras de gamuza y botas altas amarradas con agujetas de cuero. Mis espuelas eran como las de Atilano, solo que las correas estaban adornadas con bordados de hilaza roja y negra, colores que lucía en las riendas y en los adornos de la sobrecarona y montura, así como en la cabezada.
Salimos del pueblo y nos encaminamos rumbo a Cerco de Piedra, cruzamos primero el arroyo y luego el río, bajo la fronda oscura de higueros, matillas de otates y tarros, y toda esa clase de árboles que se dan en esa zona hermosa, la que delimita la sierra de las grandes sabanas de la Huastéca. Pues hacia la Huastéca Veracruzana íbamos esa vez los tres. Nuestro destino era Chicontepec, donde pensábamos comprar una punta de toretes y trasladarlos en dos jornadas a nuestro rancho, jornadas algo largas que intentaríamos realizar sin problemas.
Pasamos Cerco de Piedra, congregación llamada así porque existen en sus terrenos vestigios antiguos de una cerca largísima formada por amontonamiento de piedras, probablemente construida como defensa o divisiones territoriales por los pobladores anteriores.
Bueno, luego nos desviamos para no pasar por Metlaltoyuca, ahorrándonos así varias horas, y casi en línea recta, aprovechando las veredas, llegamos a Ixhuatlán ya para la tardecita, ahí en casa de unos familiares pernoctamos, cansados pero felices por el tranquilo recorrido que habíamos hecho.
Teníamos ahí en Ixhuatlán unos amigos de apellido Lara, quienes nos prodigaron una cena estupenda y una plática mejor.
Al otro día muy tempranito, nuevamente al camino para continuar nuestro viaje rumbo a Chicontepec, esta parte del camino resultó menos agitada, ya que la mayoría del terreno era plano, sin obstáculos empinados ni barreras intimidantes.
Ahí la vegetación era mas baja, encinos achaparrados, matas de pita, ixtle, zapupe, izote, palmas de hoja redonda, y otates bajos. Huisacháles inmensos cubrían las grandes planicies, en donde a lo lejos resaltaba el gran cerro de la campana, el cerro que le daba el nombre al poblado que se asentaba en una de sus laderas. “El Chicontepec” joroba altísima y rara, que se erguía como una gran campana posada en medio de la gran planicie.
Este cerro es de roca calcárea y parece brotar en medio de un mar de vegetales que toman el color pardo rojizo de la tierra. Es punto de referencia de todos los pueblos de la región, por su notable altura.
Su localización y forma, ha propiciado infinidades de leyendas e historias lo que le ha dado gran fama.
Para nosotros tres, ese lejano cerro era nuestro objetivo de llegada y en cada paso de nuestras monturas se iba perfilando más sus características.
No todo estaba cubierto por rocas, noté extensos manchones de vegetación y que su cubierta no era liza como se veía a distancia, sino que tenía grandes cicatrices y marcas de deslaves y derrumbes, que al mirarlo mas cerca, se perdía la ilusión de ser una gran campana. Que solo era una colosal mole de roca, la que a mitad de un hermoso valle se levantaba impresionante y majestuosa para admiración de todos.
Bueno pues llegamos a Chicontepec un poco carrereados, buscando primero la casa del ganadero con el que nos habíamos entendido para mercarle sus toretes. Personaje que era de descendencia criolla indígena el cual nos brindó su casa, que era aunque humilde, amplia y con comodidades necesarias para descansar. Nos presentó a su familia en la que destacaba una hija muy bonita y sociable, a la que Atilano, el más enamorado, inmediatamente le echó el ojo y la conquistó como luego supimos.
Nos invitaron a cenar unos frijolitos bayos que nos supieron a la gloria, así como unos pedazos de carne seca asada en las brasas del fogón, en donde echaban a cocer unas tortillonas gordas de maíz fresco y martajado en el metate.
Juvenal y yo nos retiramos a descansar inmediatamente, pero Atilano, no se acostó hasta casi al amanecer, lo que nos indicó que su temperamento le había hecho conseguir los favores de la agraciada hija de nuestro anfitrión.
Nos levantamos algo tarde, puesto que así lo habíamos convenido con el dueño del ganado, ya que sus vaqueros habrían de reunir a los animales en tres grandes corrales para que luego nosotros, ahí elegir los mejores, desechando los mas flacos, chaparrones y de mala clase. A estos los llamábamos “Chalates”.
El olor a café recién hecho nos hizo arrimarnos a la cocina, donde el brillo de los ojos de la muchachita hija del casero, nos indicó que Atilano seguía conservando el galardón de ser el mejor seductor de los tres.
Almorzamos abundantemente, los sencillos pero ricos potajes que nos proporcionaron, saboreando unas grandes rebanadas de queso fresco, así como crema natural y huevos de guajolota fritos con mantequilla, atole de calabaza endulzado con panela, sin faltar las tortillas gorditas y tasajo salado, principal alimento de esas agradables gentes.
Cuando llegamos a los corrales, serían como las 10 de la mañana, ahí nos dimos cuenta de la habilidad de los vaqueros criollos en las faenas de recolección. Montaban caballos de pequeña estatura, más muy buenos para esos trabajos a los que protegían de las espinas de los cornizuelos y huisaches, con unas corazas de cuero crudo que les cubrían el pecho y algo de la cabeza, dejando libres los ojos y las orejas. Los jinetes usaban unas chaquetas de cuero, amplias y largas. En las monturas empleaban unas chaparreras de cuero crudo que cubrían parte de los estribos y estaban cocidas a los arciones, lo que las hacía muy útiles para ese tipo de terreno donde abundaba el huisache y el cornizuelo.
El ganado no era de clase, pero estaba bueno para nuestras necesidades e intereses. Así que los tres por separado, nos dedicamos a cortar las puntas que nos convenían. Lo que queríamos eran toretes para engorda, por lo tanto cortamos en dos días 120 animales, que dejamos la última tarde encerrados en un corral, el mas conveniente para salir la madrugada siguiente en nuestra primera jornada de Chincotepec hacia Ixhuatlán.
Planeamos la ruta, Juvenal se fue de puntero, con dos toros viejos de cabestros, los que nos facilitó prestados el ganadero al que le ofrecimos mandárselos de regreso inmediatamente después de llegar a nuestro rancho.
Los vaqueros nativos nos despidieron con gritos y balazos, corriendo con sus caballos, haciendo mil malabares y garabateando sobre ellos.
Estos hombres eran como centauros y me imaginé que nacían sobre sus animales. Eran jinetes que solo bajaban de sus monturas para dormir, morir o hacer sus necesidades, pues se integraban armoniosamente en sus monturas, a los que cuidaban con mucho afecto y consideración, pues vivían en ellos.
Al despedirnos del ranchero y su familia, descubrí el brillo de unas lágrimas discretas en los negros ojos de su linda hija y al Atilano un poco amoscado por la separación, mas con firmeza se despidió de ellos y al amanecer iniciamos el recorrido de nuestra primera jornada. Juvenal, pitando el cuerno y seguido por los toros punteros jalaba a la manada, que Atilano y yo, con gritos azuzábamos encarrilándolos en la marcha. El iniciar un arreo era de lo mas difícil, pues los toretes tardaban en entender el ritmo y la ruta que les queríamos imponer. Mas ya en plena arriada, era difícil que alguno se rezagara. Nuestros caballos estaban acostumbrados a estas maniobras y nosotros éramos avezados vaqueros, así que aunque dura y difícil, terminamos la primera jornada llegando a Ixhuatlán a buena hora, dejando descansar en un potrero que nos facilitó nuestro amigo Lara, a la manada que tranquilamente se puso a reposar.
Nosotros en su casa gozamos nuevamente de sus atenciones y compañía.
Al otro día la misma maniobra, aunque un poco más difícil, puesto que tuvimos que cruzar varias veces el río y un arroyo, además de que la última etapa era pura subida, ya que nuestro rancho estaba ubicado en una de las mesetas que le daban la característica principal a nuestra región.
Juvenal se daba gusto tocando el cuerno, lo cual hacia con un estilo muy bonito, que a mis oídos resultaba nostálgico y tristón, mas a los becerros los hechizaba y se perfilaban unos tras otros siguiendo embelesados el sortilegio de los pitidos que Juvenal alargaba con placer. Mientras Atilano y yo nos dábamos gusto gritando los repetitivos sonidos que el vaquero produce al ir arreando las manadas, con expresiones altisonantes y rudas espantábamos a los toretes que cansados, se trataban de ocultar en alguna matilla de Chalahuites o guásimas o a los que se querían separar del rebaño encarrilado. Así llegamos ya muy tarde al casco de la hacienda Zanatepec, dejando a los animales encerrados en uno de los potreros cercanos a la casa, en donde descansarían para luego marcarlos, caparlos, descornarlos y curarlos, distribuyéndolos después en sus correspondientes áreas de engorda, cosa que haríamos con mas tranquilidad en los siguientes días. Pero mientras, nos dirigimos entre los ladridos de los perros a desensillar nuestras monturas en el corral principal y bajo el techo de la galera que servía de ordeña. Mientras comentábamos las peripecias del viaje  que los tres, Atilano, Juvenal y Valdemar, primos todos, los tres buenos amigos, los tres buenos vaqueros, los tres representantes originales de la juventud de esa época habíamos realizado. Corría el año de 1918 y en la sierra norte del estado de Puebla, ya se implantaba la primera zona ganadera del rumbo, que luego fundó la primera asociación local ganadera, que lleva hasta la fecha el nombre de Zanatepec.
Xalapa, Ver. Septiembre de 1995.

COMO TOMÉ
Como tomé, no lo niego,
me emborrachaba gustoso
lanzándome sin  reposo
y sin temor a aquel juego,
donde me quemaba el fuego
del alcohol con sus celajes,
estúpidos tontos viajes
al que iluso me embarcaba
y de mi ser desterraba
la vergüenza y sus encajes.    14.22 Hrs.

¡Pecado de Juventud!
me digo hora ya viejo,
y al mirarme en el espejo
me digo acá en la quietud
¡Adiós dije a mi salud!
mientras tomaba de todo,
acomodándome al modo
de otros como yo, borrachos,
presumiendo de muy machos
chacualeando el mismo lodo. 14.37 Hrs.

¡Si señor! No me arrepiento
más como antes, ya no tomo,
ya deje de ser el mono
que volviéndome jumento,
siempre salía con el cuento,
-¡ La ultima y ya me voy!
la del estribo, pues hoy
nada mas con esta tengo,
pero me sentía hasta rengo.
¡Ya ese borracho, no soy!     14.41 Hrs.

Un 26de Julio del 2004. Xalapa,Ver.
EL NARRADOR
Historias del pasado breve.





























De: SERGIO ARTURO CABRERA FLORES


Contraportada)
Editorial Altamira.














1º. Edición. (Fecha)











Diseño de portada: Sergio Arturo Cabrera








DERECHOS RESERVADOS
                       C

Título Original:   El Narrador.
Copyright  c, Fecha. Editorial Altamira, S.A. de C.V.
                                Rancho Altamira, Pue, Fracción Nº.-2                     
                                Municipio de Venustiano Carranza,
                                Pue.




Impreso en México-     Printed in México


Los derechos de esta obra son propiedad de Editorial Altamira, S.A. de C.V. Por tanto, queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio, incluyendo la fotocopia, sin autorización escrita de esta editorial.
                           





Dedicatoria:

Para el Sr. Valdemar Cabrera Nava, mi padre. Quien sé que donde se encuentra si pudiese reviviría sus memorias.
Con amor y sempiterno recuerdo.
Y mis eternas gracias mí nunca olvidado “DON VALDE.”

1° de Octubre del 2012.












De Sergio Arturo Cabrera Flores


PRÓLOGO

Amigo lector, esto que leerás a continuación, ocurrió hace algunos años en esas fértiles y feraces tierras de la Huasteca Poblana, situadas en las márgenes del Río Cazones y embutida como una hermosa cuña en el estado de Veracruz. Tierra cálida productora de recias y finas maderas, de almibarados frutos y de fauna  variada que por lo hermosa ha ido desapareciendo como sucede con todo lo bello.
      De lo narrado aquí, solo queda algún destello en las letras de algún viejo corrido que se llega a escuchar algunas veces en las voces de uno de esos “Guitarreros” (Trovador pueblerino) que envuelto en las neblinas producidas por el alcohol, se desgañita en alguna cantinucha de esas tan comunes que existen (Por mala suerte) expresando sus recuerdos con el alma a flor de piel.
      Por lo que, aprecia pues estos recuerdos que como dice el sub título, son solo remembranzas de un pasado breve y substancioso, que pasó como bronca corriente de un arroyo enfurecido sobre la vida de los actores de esa para mí, añorada época.

8.09  Hrs
1° de Octubre del 2012.
S.A.C.F.
EL NARRADOR
Historias del pasado breve.

          El narrador, siguiendo la pista de su conciencia, se comunica con sus ancestros para rescatar los recuerdos voluntarios y ser testigo del devenir de los tiempos.
          Intentando develar el arcano venir, se adentra sin preámbulos en la obtusa maraña de recuerdos, siguiéndole la pista a vetustos cuentos y perdidas leyendas familiares, incrustadas como plata en las rocas de pirita, rescatando con ello los básicos principios de su dinastía, que considera genuina representante de la generación que se desplaza desbordante de optimismo por los nuevos vericuetos de esta sociedad agilizada irónicamente por mensajes televisivos llenos de veladas promesas.
          Por lo tanto, aquí principia esta presentación de sus personajes que intentarán narrarles a su manera y modo sus aventuras. Voy por lo tanto a comenzar diciéndoles mi nombre. Soy Diódoro Carrasco Arménta, serrano de nacimiento y Poblano (De Pueblo y Estado) por convicción, quien en primera persona relatará los pormenores de su agitada vida, en estos papeles. Para poder acomodarme a mis pensamientos, voy por medio de cortos relatos a repartir mi vida, comenzando con mis iniciales recuerdos y las primitivas sensaciones que capté en el ambiente en que me desarrollé.
          Nací, en un hermoso poblado inmerso en bastos bosques de Ocotes y amplias praderas de grama verde y esponjosa, situado en la margen escurridiza de una montaña de la sierra madre oriental. Este poblado de recias tradiciones mestizas, como buen heredero se rodeó de místicas creencias católicas, impregnándose en sus rituales y leyendas con afanosa persistencia, lo que le llevó a acunarse en el monótono ritual de los horarios de las misas, a las que llamaban las esquilas que en alargados toques resonaban en los paredones de las antiquísimas viviendas, que quien sabe por qué razón todavía existían, formando un abigarrado conjunto que impregnaba el ambiente de imágenes húmedas y verdosas, ya que se recubrían de musgos y fungosidades vegetales, de donde se descolgaba la lluvia que en eterno Chipichipi goteaba como en extáticos manantiales una humedad eterna y fría.
          La neblina todas las tardes cubría con su etéreo manto las húmedas callejas lodosas que enmarcaban paredes blancas y grises. Las mujeres cubrían sus cuerpos con prendas oscuras, enrebozadas por lo regular, semejaban sombras deslizándose sin rumor alguno sobre los aceitados rieles de alguna maquina oculta. A la hora de las monótonas campanadas que venían de la blanquecina torre de la iglesia, se velaban con encajes brunos, color con el que totalmente se engalanaban para estos cultos, semejando un cortejo fúnebre y doliente.
          Era costumbre que no asistieran a la misa más que las mujeres, los barones ignoraban estas liturgias alegando que sus actividades les impedían acudir a este tipo de actos. Así que el sacerdote en cuestión, era pastor de un buen rebaño de hembras mustias, quejosas y sumisas, las que se le presentaban a la hora en que sonaba la campana. Mujeres que aunque vestidas de azabache y veladas, dejaban vislumbrar hay veces pasiones prohibidas, y un tanto accesibles a un varón dispuesto, ganoso, ávido y bien dotado, que sin mucha pena rescataba los mejores platos de tan surtida alacena, logrando por lo tanto influir discretamente en el censo poblacional, sin que lo notaran algunos, si no los demás.
          Así transcurría la vida en esa población dominada por el ritual. Había solo dos escuelas, la laica y la religiosa. Esta lógicamente dominada totalmente por el santo varón en turno o sea el sacerdote. La laica la administraba un profesor de las mismas creencias, más de orígenes salesianos, lo que le hacía ser más fanático y enérgico. Este ser oscuro y duro, se llamaba Placido Campuzano, pero ni era placido ni estaba sano.          El creía que afligiendo su cuerpo se quitaría del alma los malos pensamientos y los deseos sensuales. Esos que le asaltaban sin clemencia, principalmente en la noche, ya que era un ser solitario y amargado. Onán personificado en un pequeño cuerpo sin galanura alguna. Más su don mayor era ser un gran maestro, culto y de notables capacidades para la docencia. El solo daba las clases a todos los grados, desde el Primero hasta el Sexto. Siendo este grado el que tenía menos alumnos. Yo por esos tiempos aprendía el cuarto año. Mi grupo contaba con siete niños siendo yo el más adelantado y mi primo Albino, (Nombre que le caía al pelo por lo listo y vivaz, siempre estaba al alba) quien competía conmigo por las mejores calificaciones que Placido nos regateaba pero que nos daba. Me distinguí en Matemáticas y en Oratoria, por ahí existe una foto viejísima donde aparezco frente al cadáver de Don Venustiano Carranza en plena acción, ya que me eligieron para decir unas palabras en su velación, frente de los portales del palacio municipal. Al Presidente lo trasladaron desde donde lo asesinaron hasta mi comunidad, primer lugar y el más cercano donde reposaron un día sus restos. Me elegían para declamar y hacer las presentaciones de los actos sociales de la escuela. Dentro del circulo de compañeros del grupo se destacaba por travieso, juguetón y despabilado, un chico chaparrito, moreno y desparpajado, que siempre se andaba peleando y que como característica tenía que al atacar al contrincante, lo hacía embistiéndolo con la cabeza, o sea dándoles un topetón tremendo en el pecho o en el estómago, que les sacaba el aire y después los remataba a puñetazos. A este chico por esta característica le apodamos “El Chivo”.
          Cierta vez el Chivo nos presumió su valentía, diciéndonos.
          — A mí los espantos y los  fantasmas me hacen solo marañas.
          Por lo que le dijimos que si era tan valiente se fuera a quedar solo, una noche completa al panteón. Ni tardo ni perezoso el mentado Chivo se armó de un joronguito todo deshilachado que le llegaba apenas a las rodillas y un sombrerito de palma desgarrado y amarillento, y una tardecita ventolera y neblinosa de esas normales de por esos rumbos, le acompañamos hasta el centro del camposanto, dejándolo ahí hasta que se puso oscuro. Al otro día muy de madrugadita nos apersonamos los más curiosos, y lo hayamos desmallado por el susto, tirado en un agujero de una tumba vieja a la que ya le habían sacado el difunto. Su jorongo se había atorado de un clavo de una podrida y vieja cruz que se trajo jalando un buen trecho, dando trompicones, huyendo según él, de un muerto aparecido que lo quería jalar a la tumba, hasta que cayó accidentalmente al hoyo socavado de esa tumba abandonada.
          Después de esto, el Chivo dejó de ir a la escuela y al poco tiempo murió. De susto y espantado, nos dijimos.
          Por esos años de 1915-16 era común y tradicional, que en los domingos se realizara en la plaza central de pueblo, el Tianguis. Donde acudían infinidad de puesteros a detallar sus variadas mercancías, entre las que se destacaban principalmente los productos del campo. Frutas de temporada, como Naranjas, Limas, Aguacates, Paguas, Camotes, Manzanas, Guayabas, Yucas, Trozos de caña, Anonas y Chirimoyas, Tejocotes, Membrillos, Chayotes de variados tamaños, entre los que se distinguían unos pequeñitos ricos y resecos. Elotes, Calabazas, Frijoles de muchos tipos, Habas, verduras frescas, Berros, Rábanos, Lechugas, grandes Endivias, frondosas Acelgas y Coles, Colinabos, Betabeles, Zanahorias, y Papas, entre ellas unas que se daban en enredadera, y otras enormes, silvestres, a las que les decían Cabezas de Negro.
          Bueno toda esta variedad de productos criollos que los paisanos consumían en sus diarias dietas. Estos mercaderes llegaban invariablemente en animales de carga, sobre las que transportaban sus mercancías, entre ellos abundaban las Mulas y se distinguía los Burros.
          Uno de estos animales nos brindó tema para platicar por semanas. Pues resulta que; imagínense lo abigarrado del paisaje dominguero, la plaza repleta de vendedores y marchantes, de paseantes y viajantes, de curiosos y desocupados, de mujeres, hombres, niños, perros y gatos. Los portales repletos de tenderetes y puestecillos, sobre las banquetas expendios de mil chucherías, canastas repletas de Tamales, Tlacoyos y enchiladas, cientos de bestias amarradas en las pilastras y árboles que rodeaban la enjolgoriada plaza. Expendios de Pulque, Tepache, Garapiña, y aguas de sabores, Limón con Chía, Horchata de semillas de Melón y de Chilacayote. Expendios de telas, Manta, Satín, Percal, Cabeza de Indio, Tuzor, Encajes, Tiras bordadas, Rebozos, Chales, Velos, Cobijas, Cotones, Jorongos, Cotorínas, Chamarras, pasa montañas, mangas de Hule y mil cosas más.
          De repente en ese batiburrillo hermoso y desorganizado, a un Burro macho se le despiertan los deseos sexuales que en su especie son irrefrenables, y reventando el cabestrillo con el que se hallaba atado a un pequeño Trueno sembrado en una glorieta, se lanza ufano y desbordado sobre una Yegüita Alazana media meca, que en esos momentos eligió para su desahogo, quien también rompe su atadura y huye desbocada entre el gentío, derrumbando mezas, puestos y canastos, rompiendo los tirantes con los que estaban atados los manteados, arrastrando las telas arrancadas entre sus cascos, exhibiendo el Burro Macho su enorme sexo excitado y colgante ante el gentío que solo atinaba a gritar.
          - ¡Burroooo, Zooooo, Burroooo! mientras nosotros, la chiquillería, corríamos detrás de los rijosos amantes, esperando ver consumado el acto, entre carcajadas y burlas mirando el desbarajuste hecho por los animales en celo.
          Otra vez, como pasaba continuamente porque estábamos en época revolucionaria, o sea en épocas de gente armada y de armas, de continuo se realizaban disparos y principalmente a la salida de las cantinas y burdelillos que existían a la orilla del pueblo. Y a donde temprano nos presentábamos con el ánimo de recoger los casquillos vacíos que coleccionábamos por calibre y para nuestros juegos; Vimos una cosa sorprendente.
          De una de las cantinas de más moda, salió un grupo como de seis hombres, disponiéndose a montar sus caballos, para retirarse a sus casas o campamentos, cuando de otra de las covachas cercanas, sale a trompicones un atolondrado parroquiano gritando.
          — ¡Viva Carranza, Jíjos de la Jijurria! ¡Viva el Carrancismo mendigos Villistas!
          Uno de los que marchaban. Un hombrón de largos bigotes y fiero semblante, se desprendió de grupo y cruzando la enlodada calle se dirigió al gritón.
          — ¿Qué dice Usted, Pelao?
          — ¡Que viva Carranza!
          — ¿Queee? — Levantando mucho la voz.
          — ¡Que viva mi General Carranza!
          El otro, sin pensarlo mucho, desenfunda su pistola y le dispara certeramente en la frente al gritón que cae como fulminado por un rayo en un gran charco de agua lodosa, y con la cara ensangrentada. El asesino se le acerca a mirarlo y le da una patada por los pies expresando.
          — ¡Mendigo Carranclan! ¡Nomás hasta aquí llegaste! — ¡Que viva Villa, cabrones!
           El silencio se alargó por la calle como un hilo de papalote rabeando por elevarse, mientras el grupo de los jinetes y sus caballos, sin prisas y al trote lento, se reencaminaron a sus asuntos, mientras yo corría ganándoles a mis compañeros para
recoger el brillante casquillo aun tibio de la bala del calibre 44 que había matado a aquel necio gritón, que tirado sobre el charco contemplábamos pálido y sangrante.
          Mientras les presumía a mis compañeros el trofeo y comentábamos el hecho. De repente y sorpresivamente. ¡El asesinado se levantó del agua puerca! ¡Siii! tambaleante y tocándose la cara y la frente sangrante, nos miró con ojos borrosos mientras levantaba su sombrero de pelo, y con una extraña sonrisa arrancó a correr entre el charquerío de la calle rumbo al centro del pueblo.
          ¡Nos quedamos estupefactos! Asustados y extrañados. ¿Pues no que estaba muerto? Luego nos enteramos, que la bala le pegó exactamente en la frente, pero por coincidencia o acto reflejo, el tipo aquel levanto la cara en el preciso momento del impacto, lo que hizo que el plomo le arrancara el cuero cabelludo en una línea recta desde la frente a la coronilla. ¡Suerte de gritón!
COSAMALOAPAN.

Aquí estoy ya ante tu clima florido
Cosamaloapan de las calles abiertas,
donde se elevan como palomas mis suspiros
y en donde navega esta mi nave incierta.
Aquí estoy ya y mi alma triste
encuentra el don de suspirar sin miedos,
porque tú, acogedora diste
la nueva luz que alumbrará mi cielos.

Aquí estoy ya y me das la bienvenida
abriéndome tus calles sin recelo,
porque en ti no hay esa amistad fingida
en ti hay claridad y brillos de luceros.

Yo vine de tierras más altas
en donde un suspiro se vuelve canción,
en donde la luna se anida en las sierras
y en donde el aire es más fresco y dulzón.
1971. Cosamaloapan, Ver. S.a.C.f.

Y me llevo en el son de tu río
la eterna dicha de tu ritmo azucarado,
del Cañal, del Cocal, del Mango colorado
que pintó la senda de mi sutil hastío.

¡Adiós Cosamaloapan! Te dejo de recuerdo
mi trova abierta que brotó en tus calles,
con ella te pinte tan solo unos detalles
de tus linduras que en mi memorial no pierdo.

¡Adiós Cosamaloapan luminosa!
Dejo mi corazón colgado en tus palmeras,
y en tus calles abiertas que me dieran
la paz buscada por mi alma que solloza.

¡Adiós Cosamaloapan! Me voy pero sin ganas,
y me llevo gravada en mi piel tu simpatía,
jamás olvidaré que cierto día
de verde me pintaste mis mañanas.
¡Adiós Cosamaloapan!
13.00 Hrs. del 30 de Mayo del 2006.
Xalapa, Ver.  S.a.C.f.