domingo, 2 de marzo de 2014

LA LEONA Y LA ERISIPELA


N
o es tan fácil para mi relatarles esto que me tocó vivir allá en el Rancho de mi padre, rancho que es una pequeña fracción de lo que  antes fue la enorme hacienda de Zanatepec (Cerro de los zanates), propiedad comprada por mi bisabuelo, padre de Don Herminio Cabrera, mi abuelo paterno, persona culta y de inclinaciones artísticas, ya que según cuentan estudió algo en la famosa Academia de San Carlos, allá en la en esos tiempos lejana capital.
Bueno, ha de ver sido como en los años sesentas, cuando lo que trato de relatarles pasó. En la región norte del Estado de Puebla, muy cerca de los linderos de Veracruz es costumbre todavía la de aceptar peonada que vienen a vivir a la propiedad con toda su familia, y el dueño del rancho les proporciona techo y terreno para sus siembras, pudiendo tener sus animales de corral, cerdos, borregos, guanajos y gallinas, con el compromiso entendible, de proporcionar su mano de obra cuando sea necesario, que por lo regular es siempre, mano de obra que se les paga de acuerdo a los salarios existentes en la zona.
Así fue que esa vez se aposentaron en “El Suspiro”, casita de tejas de barro y paredes de tablones de madera de “frijolillo” y “caobo”, que se encuentra situada en una loma, como a unos 1,500 metros de la Casa Principal. Casita que tiene a su alrededor unos árboles de ciruelo criollo, guayabos y durazneros priscos y que escucha el murmullo del arroyo que pasa muy cerquíta de la misma al pie de la ladera, arroyo que se escurre y sombrea bajo ramazones de tarros, bienvenidos y tepe tomates.
Decía, que se presentó una familia compuesta por un matrimonio ya de edad, pero que traían una jovencita como hija, que más bien parecía nieta. Esta pareja formada por “Cándido” el esposo y “Doña Cacha”, una viejecilla que tenía la costumbre de cuando hacía calor andar desnuda de la cintura para arriba, aún recuerdo cuanto me llamaba la atención ver sus senos flácidos y pellejudos que le colgaban casi hasta la cintura. Y la hija, que tenía por nombre el de Leonor, por lo que de cariño le decían  “La Leona”.
Ella era una mujercita tímida, redondita de formas, con un matojo de pelo esponjoso, rizado y rojizo quemado por el sol, por lo que le quedaba perfecto el mote de “La Leona”, yo la alcancé a ver varias veces por las tardes cuando venía de bañarse en el arroyo, con un pedazo de manta enredado en la cabeza, manta que ocupaba como toalla. En mi inquietud juvenil la notaba sensual y antojáble, olorosa a yerbas frescas y a fronda.
Por esas fechas llegó a vivir con esta familia, un jovencito muy alegre y chiflador, que según luego me enteré, era algo familiar de Doña Cacha. Este personaje venía de alguna colonia del Distrito Federal, por lo que era demasiado despierto en comparación con los jóvenes nativos de su edad, yo, sin que él lo supiera, le apodé “El Chiflador”, puesto que las veces que lo encontré cuando iba a caballo a campear las vacas, siempre iba silbando, notándosele alegre y despreocupado, además de simpático. El trajo de allá de la Gran Ciudad, un radio portátil que siempre llevaba colgado de uno de sus hombros y cuando laboraba como peón en alguna de las faenas que se le encomendaban, lo tocaba, atorándolo en algún árbol cercano a su trabajo, por lo que se escuchaba en el ambiente del medio día, la música que captaba por las ondas del aire y que venía para nosotros desde muy lejos.
Con el paso de los meses, me di cuenta, que la Leona se ponía mas bonita, coloradita y mas sonriente y cuando la veía venir del riachuelo después del baño, siempre la acompañaba el chiflador y su radio.
Cierta tarde ya casi oscureciendo, se llegó doña Cacha con mi madre a pedirle consejo y opinión, su ayuda, ya que a la Leona se le estaban hinchando las piernas y le dolían los huesos. Mamá después de escuchar los síntomas que doña Cacha notó en su hija, diagnosticó una enfermedad que era muy común en esos días, la erisipela y le recomendó entre otras cosas que le caldeara las piernas inflamadas, con barquilla morada y que procurara no asolearse.
Hasta ahí me enteré de las cosas que estaba sufriendo la leona. Ya que por decisión propia, me separé de la casa paterna para ir a recorrer el mundo, conocer otras gentes y lugares, trabajando y buscando el futuro, cosas que todo joven desea encontrar por si mismo. Y los meses se deslizaron bajo la puerta de mis anhelos, convirtiéndose en tres o cuatro años, tiempo que tardé en saber de aquella familia.
Otro de los trabajadores del Rancho, me refirió de lo que le pasó a la Leona, ya que fue el actor principal en el desenlace de la historia que les relato. Gabriel, así se llamaba esta persona, un domingo en que regresaba del tianguis que se realizaba en el poblado más próximo, acertó a pasar muy cerca del “Suspiro”, la casita aquella que le habíamos facilitado a Cándido y su familia, cuando según él, oyó que la Leona gritaba, como quejándose y se acercó presuroso para ver que acontecía a esta familia y prestar auxilio como se acostumbra hacerlo cuando se es vecino y compañero del jornal.
El Gabriel se llevó la sorpresa de su vida al encontrarse a la pobre Leona pariendo una niñita, en solitario. Ya que sus padres también andaban de tianguis dominguero y ni siquiera estaban enterados de que su hija estaba preñada. Así que Gabriel, hombre de experiencia, pues él con su mujer habían tenido ya media docena de chiquillos, auxilió a la pobre Leona que ni siquiera sabía lo que era un parto, así que el Gabriel la hizo de comadrona y con su machete cortó el cordón umbilical, realizando los trabajos necesarios para que el parto, tan rústico, saliera con bien.
El Gabriel me contó, que el Chiflador se desapareció dos o tres meses antes de estos hechos y que nadie sospechó ni sabía que la Leona estaba embarazada, que el Cándido cuando regresó del tianguis, encontró a su hija ya con su nieta en los brazos y que el único comentario que hizo, fue que lo bueno
 de todo era que el chiflador le había dejado a la Leona su “Radio Portátil”.
Así paso esto y cuando lo llego a platicar, siempre me refiero que la Leona parió una niñita a la que yo le puse “La Erisipela”.


LOS VAQUEROS

          Salimos una madrugadita fresca del mes de febrero, para el rumbo de Ixhuatlán de Madero, por el camino que pasaba a la orilla del panteón, entre los ladridos de los perros y el humo que brotaba de alguno de los jacales en los que ya estaban las inditas madrugadoras preparando “El Itacate” para sus jornaleros.
Éramos tres; Atilano, el mayor de edad, montaba un caballo colorado frontino y tresalbo, muy bueno para los trabajos de corral, pues en los píales y en las lazadas no había otro como el. Atilano era güero y chichiliano, de complexión alta y correosa. Esa vez llevaba puesta una chaqueta de gamuza, bordada con arabescos de cuero color mas oscuro, pantalón de montar, como todos nosotros, botas altas en las que tintineaban unas espuelas de rodelas grandes, camisa de seda color rojo, que le iba muy bien con el tono de su piel, paliacate de seda negra amarrado al cuello, que le sobresalía por la parte de atrás de su hombro derecho moviéndosele suavemente por la brisa mañanera, portaba un sombrero de color gris claro y de alas anchas (siete equis) el y su montura abrían la marcha por la vereda rodeada de matojos de sacáte guineo y por acagualeras diversas.
Atrás Juvenal, güero también, bajito y gordito, que tenía por característica, mocha la oreja izquierda, simplemente no la tenía, la perdió en una intervención quirúrgica mal curada.
Juvenal cabalgaba sobre un potro alazán al que le nombraba “El Jilguero”, pues el animal tenía la costumbre de resoplar cuando mostraba nerviosismo al notar algo desconocido en el camino, este caballo era buenísimo para las lazadas en carrera, pues su velocidad hacía que casi metiera uno con la mano la gasa en la cabeza de la res encarrerada, además de que era robusto y aguantaba los restirones de las vacas y los toros mas pesados. Juvenal como Atilano, llevaba puesto el infaltable sombrero de pelo del siete equis, pero el suyo era color ocre, oro-cobrizo, y vestía esa vez guayabera blanca, paliacate rojo de algodón al cuello, botines de punta y tacón alto color café, espuelas con rodelas mas finas que las de Atilano pero de mas lujo, por los grabados de plata que mostraban.
Su montura era de esas con cantinas y sus estribos no llevaban tapaderas, estribos que hacían juego con las espuelas, ya que mostraban los mismos grabados en las partes metálicas.
Y yo, Valdemar el de menos edad, que esa vez montaba a mi caballo “Flor de Caña”, un morito muy joven que todavía no agarraba su color original, aunque de menos alzada que los demás, era el mas nervioso y rápido, su agilidad le hacía ser perfecto para corretear a los terneros rezagados y que se escondían entre los matorrales, además como le sobraba clase y energía, era muy bailador y presumido, pero ya en plena marcha, tomaba el paso cómodo que conocíamos nosotros como de doble andadura.
Esa vez llevaba yo puesta una camisa de lana ligera a cuadros negros y blancos, de manga larga  y que se abrochaba con tarugos de hueso en vez de botones, paliacate blanco de seda, que me gustaba usar metido dentro de la camisa como gazné o corbatín, pantalón de montar de gabardina color caqui con rodilleras de gamuza y botas altas amarradas con agujetas de cuero. Mis espuelas eran como las de Atilano, solo que las correas estaban adornadas con bordados de hilaza roja y negra, colores que lucía en las riendas y en los adornos de la sobrecarona y montura, así como en la cabezada.
Salimos del pueblo y nos encaminamos rumbo a Cerco de Piedra, cruzamos primero el arroyo y luego el río, bajo la fronda oscura de higueros, matillas de otates y tarros, y toda esa clase de árboles que se dan en esa zona hermosa, la que delimita la sierra de las grandes sabanas de la Huastéca. Pues hacia la Huastéca Veracruzana íbamos esa vez los tres. Nuestro destino era Chicontepec, donde pensábamos comprar una punta de toretes y trasladarlos en dos jornadas a nuestro rancho, jornadas algo largas que intentaríamos realizar sin problemas.
Pasamos Cerco de Piedra, congregación llamada así porque existen en sus terrenos vestigios antiguos de una cerca largísima formada por amontonamiento de piedras, probablemente construida como defensa o divisiones territoriales por los pobladores anteriores.
Bueno, luego nos desviamos para no pasar por Metlaltoyuca, ahorrándonos así varias horas, y casi en línea recta, aprovechando las veredas, llegamos a Ixhuatlán ya para la tardecita, ahí en casa de unos familiares pernoctamos, cansados pero felices por el tranquilo recorrido que habíamos hecho.
Teníamos ahí en Ixhuatlán unos amigos de apellido Lara, quienes nos prodigaron una cena estupenda y una plática mejor.
Al otro día muy tempranito, nuevamente al camino para continuar nuestro viaje rumbo a Chicontepec, esta parte del camino resultó menos agitada, ya que la mayoría del terreno era plano, sin obstáculos empinados ni barreras intimidantes.
Ahí la vegetación era mas baja, encinos achaparrados, matas de pita, ixtle, zapupe, izote, palmas de hoja redonda, y otates bajos. Huisacháles inmensos cubrían las grandes planicies, en donde a lo lejos resaltaba el gran cerro de la campana, el cerro que le daba el nombre al poblado que se asentaba en una de sus laderas. “El Chicontepec” joroba altísima y rara, que se erguía como una gran campana posada en medio de la gran planicie.
Este cerro es de roca calcárea y parece brotar en medio de un mar de vegetales que toman el color pardo rojizo de la tierra. Es punto de referencia de todos los pueblos de la región, por su notable altura.
Su localización y forma, ha propiciado infinidades de leyendas e historias lo que le ha dado gran fama.
Para nosotros tres, ese lejano cerro era nuestro objetivo de llegada y en cada paso de nuestras monturas se iba perfilando más sus características.
No todo estaba cubierto por rocas, noté extensos manchones de vegetación y que su cubierta no era liza como se veía a distancia, sino que tenía grandes cicatrices y marcas de deslaves y derrumbes, que al mirarlo mas cerca, se perdía la ilusión de ser una gran campana. Que solo era una colosal mole de roca, la que a mitad de un hermoso valle se levantaba impresionante y majestuosa para admiración de todos.
Bueno pues llegamos a Chicontepec un poco carrereados, buscando primero la casa del ganadero con el que nos habíamos entendido para mercarle sus toretes. Personaje que era de descendencia criolla indígena el cual nos brindó su casa, que era aunque humilde, amplia y con comodidades necesarias para descansar. Nos presentó a su familia en la que destacaba una hija muy bonita y sociable, a la que Atilano, el más enamorado, inmediatamente le echó el ojo y la conquistó como luego supimos.
Nos invitaron a cenar unos frijolitos bayos que nos supieron a la gloria, así como unos pedazos de carne seca asada en las brasas del fogón, en donde echaban a cocer unas tortillonas gordas de maíz fresco y martajado en el metate.
Juvenal y yo nos retiramos a descansar inmediatamente, pero Atilano, no se acostó hasta casi al amanecer, lo que nos indicó que su temperamento le había hecho conseguir los favores de la agraciada hija de nuestro anfitrión.
Nos levantamos algo tarde, puesto que así lo habíamos convenido con el dueño del ganado, ya que sus vaqueros habrían de reunir a los animales en tres grandes corrales para que luego nosotros, ahí elegir los mejores, desechando los mas flacos, chaparrones y de mala clase. A estos los llamábamos “Chalates”.
El olor a café recién hecho nos hizo arrimarnos a la cocina, donde el brillo de los ojos de la muchachita hija del casero, nos indicó que Atilano seguía conservando el galardón de ser el mejor seductor de los tres.
Almorzamos abundantemente, los sencillos pero ricos potajes que nos proporcionaron, saboreando unas grandes rebanadas de queso fresco, así como crema natural y huevos de guajolota fritos con mantequilla, atole de calabaza endulzado con panela, sin faltar las tortillas gorditas y tasajo salado, principal alimento de esas agradables gentes.
Cuando llegamos a los corrales, serían como las 10 de la mañana, ahí nos dimos cuenta de la habilidad de los vaqueros criollos en las faenas de recolección. Montaban caballos de pequeña estatura, más muy buenos para esos trabajos a los que protegían de las espinas de los cornizuelos y huisaches, con unas corazas de cuero crudo que les cubrían el pecho y algo de la cabeza, dejando libres los ojos y las orejas. Los jinetes usaban unas chaquetas de cuero, amplias y largas. En las monturas empleaban unas chaparreras de cuero crudo que cubrían parte de los estribos y estaban cocidas a los arciones, lo que las hacía muy útiles para ese tipo de terreno donde abundaba el huisache y el cornizuelo.
El ganado no era de clase, pero estaba bueno para nuestras necesidades e intereses. Así que los tres por separado, nos dedicamos a cortar las puntas que nos convenían. Lo que queríamos eran toretes para engorda, por lo tanto cortamos en dos días 120 animales, que dejamos la última tarde encerrados en un corral, el mas conveniente para salir la madrugada siguiente en nuestra primera jornada de Chincotepec hacia Ixhuatlán.
Planeamos la ruta, Juvenal se fue de puntero, con dos toros viejos de cabestros, los que nos facilitó prestados el ganadero al que le ofrecimos mandárselos de regreso inmediatamente después de llegar a nuestro rancho.
Los vaqueros nativos nos despidieron con gritos y balazos, corriendo con sus caballos, haciendo mil malabares y garabateando sobre ellos.
Estos hombres eran como centauros y me imaginé que nacían sobre sus animales. Eran jinetes que solo bajaban de sus monturas para dormir, morir o hacer sus necesidades, pues se integraban armoniosamente en sus monturas, a los que cuidaban con mucho afecto y consideración, pues vivían en ellos.
Al despedirnos del ranchero y su familia, descubrí el brillo de unas lágrimas discretas en los negros ojos de su linda hija y al Atilano un poco amoscado por la separación, mas con firmeza se despidió de ellos y al amanecer iniciamos el recorrido de nuestra primera jornada. Juvenal, pitando el cuerno y seguido por los toros punteros jalaba a la manada, que Atilano y yo, con gritos azuzábamos encarrilándolos en la marcha. El iniciar un arreo era de lo mas difícil, pues los toretes tardaban en entender el ritmo y la ruta que les queríamos imponer. Mas ya en plena arriada, era difícil que alguno se rezagara. Nuestros caballos estaban acostumbrados a estas maniobras y nosotros éramos avezados vaqueros, así que aunque dura y difícil, terminamos la primera jornada llegando a Ixhuatlán a buena hora, dejando descansar en un potrero que nos facilitó nuestro amigo Lara, a la manada que tranquilamente se puso a reposar.
Nosotros en su casa gozamos nuevamente de sus atenciones y compañía.
Al otro día la misma maniobra, aunque un poco más difícil, puesto que tuvimos que cruzar varias veces el río y un arroyo, además de que la última etapa era pura subida, ya que nuestro rancho estaba ubicado en una de las mesetas que le daban la característica principal a nuestra región.
Juvenal se daba gusto tocando el cuerno, lo cual hacia con un estilo muy bonito, que a mis oídos resultaba nostálgico y tristón, mas a los becerros los hechizaba y se perfilaban unos tras otros siguiendo embelesados el sortilegio de los pitidos que Juvenal alargaba con placer. Mientras Atilano y yo nos dábamos gusto gritando los repetitivos sonidos que el vaquero produce al ir arreando las manadas, con expresiones altisonantes y rudas espantábamos a los toretes que cansados, se trataban de ocultar en alguna matilla de Chalahuites o guásimas o a los que se querían separar del rebaño encarrilado. Así llegamos ya muy tarde al casco de la hacienda Zanatepec, dejando a los animales encerrados en uno de los potreros cercanos a la casa, en donde descansarían para luego marcarlos, caparlos, descornarlos y curarlos, distribuyéndolos después en sus correspondientes áreas de engorda, cosa que haríamos con mas tranquilidad en los siguientes días. Pero mientras, nos dirigimos entre los ladridos de los perros a desensillar nuestras monturas en el corral principal y bajo el techo de la galera que servía de ordeña. Mientras comentábamos las peripecias del viaje  que los tres, Atilano, Juvenal y Valdemar, primos todos, los tres buenos amigos, los tres buenos vaqueros, los tres representantes originales de la juventud de esa época habíamos realizado. Corría el año de 1918 y en la sierra norte del estado de Puebla, ya se implantaba la primera zona ganadera del rumbo, que luego fundó la primera asociación local ganadera, que lleva hasta la fecha el nombre de Zanatepec.
Xalapa, Ver. Septiembre de 1995.

COMO TOMÉ
Como tomé, no lo niego,
me emborrachaba gustoso
lanzándome sin  reposo
y sin temor a aquel juego,
donde me quemaba el fuego
del alcohol con sus celajes,
estúpidos tontos viajes
al que iluso me embarcaba
y de mi ser desterraba
la vergüenza y sus encajes.    14.22 Hrs.

¡Pecado de Juventud!
me digo hora ya viejo,
y al mirarme en el espejo
me digo acá en la quietud
¡Adiós dije a mi salud!
mientras tomaba de todo,
acomodándome al modo
de otros como yo, borrachos,
presumiendo de muy machos
chacualeando el mismo lodo. 14.37 Hrs.

¡Si señor! No me arrepiento
más como antes, ya no tomo,
ya deje de ser el mono
que volviéndome jumento,
siempre salía con el cuento,
-¡ La ultima y ya me voy!
la del estribo, pues hoy
nada mas con esta tengo,
pero me sentía hasta rengo.
¡Ya ese borracho, no soy!     14.41 Hrs.

Un 26de Julio del 2004. Xalapa,Ver.
EL NARRADOR
Historias del pasado breve.





























De: SERGIO ARTURO CABRERA FLORES


Contraportada)
Editorial Altamira.














1º. Edición. (Fecha)











Diseño de portada: Sergio Arturo Cabrera








DERECHOS RESERVADOS
                       C

Título Original:   El Narrador.
Copyright  c, Fecha. Editorial Altamira, S.A. de C.V.
                                Rancho Altamira, Pue, Fracción Nº.-2                     
                                Municipio de Venustiano Carranza,
                                Pue.




Impreso en México-     Printed in México


Los derechos de esta obra son propiedad de Editorial Altamira, S.A. de C.V. Por tanto, queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio, incluyendo la fotocopia, sin autorización escrita de esta editorial.
                           





Dedicatoria:

Para el Sr. Valdemar Cabrera Nava, mi padre. Quien sé que donde se encuentra si pudiese reviviría sus memorias.
Con amor y sempiterno recuerdo.
Y mis eternas gracias mí nunca olvidado “DON VALDE.”

1° de Octubre del 2012.












De Sergio Arturo Cabrera Flores


PRÓLOGO

Amigo lector, esto que leerás a continuación, ocurrió hace algunos años en esas fértiles y feraces tierras de la Huasteca Poblana, situadas en las márgenes del Río Cazones y embutida como una hermosa cuña en el estado de Veracruz. Tierra cálida productora de recias y finas maderas, de almibarados frutos y de fauna  variada que por lo hermosa ha ido desapareciendo como sucede con todo lo bello.
      De lo narrado aquí, solo queda algún destello en las letras de algún viejo corrido que se llega a escuchar algunas veces en las voces de uno de esos “Guitarreros” (Trovador pueblerino) que envuelto en las neblinas producidas por el alcohol, se desgañita en alguna cantinucha de esas tan comunes que existen (Por mala suerte) expresando sus recuerdos con el alma a flor de piel.
      Por lo que, aprecia pues estos recuerdos que como dice el sub título, son solo remembranzas de un pasado breve y substancioso, que pasó como bronca corriente de un arroyo enfurecido sobre la vida de los actores de esa para mí, añorada época.

8.09  Hrs
1° de Octubre del 2012.
S.A.C.F.
EL NARRADOR
Historias del pasado breve.

          El narrador, siguiendo la pista de su conciencia, se comunica con sus ancestros para rescatar los recuerdos voluntarios y ser testigo del devenir de los tiempos.
          Intentando develar el arcano venir, se adentra sin preámbulos en la obtusa maraña de recuerdos, siguiéndole la pista a vetustos cuentos y perdidas leyendas familiares, incrustadas como plata en las rocas de pirita, rescatando con ello los básicos principios de su dinastía, que considera genuina representante de la generación que se desplaza desbordante de optimismo por los nuevos vericuetos de esta sociedad agilizada irónicamente por mensajes televisivos llenos de veladas promesas.
          Por lo tanto, aquí principia esta presentación de sus personajes que intentarán narrarles a su manera y modo sus aventuras. Voy por lo tanto a comenzar diciéndoles mi nombre. Soy Diódoro Carrasco Arménta, serrano de nacimiento y Poblano (De Pueblo y Estado) por convicción, quien en primera persona relatará los pormenores de su agitada vida, en estos papeles. Para poder acomodarme a mis pensamientos, voy por medio de cortos relatos a repartir mi vida, comenzando con mis iniciales recuerdos y las primitivas sensaciones que capté en el ambiente en que me desarrollé.
          Nací, en un hermoso poblado inmerso en bastos bosques de Ocotes y amplias praderas de grama verde y esponjosa, situado en la margen escurridiza de una montaña de la sierra madre oriental. Este poblado de recias tradiciones mestizas, como buen heredero se rodeó de místicas creencias católicas, impregnándose en sus rituales y leyendas con afanosa persistencia, lo que le llevó a acunarse en el monótono ritual de los horarios de las misas, a las que llamaban las esquilas que en alargados toques resonaban en los paredones de las antiquísimas viviendas, que quien sabe por qué razón todavía existían, formando un abigarrado conjunto que impregnaba el ambiente de imágenes húmedas y verdosas, ya que se recubrían de musgos y fungosidades vegetales, de donde se descolgaba la lluvia que en eterno Chipichipi goteaba como en extáticos manantiales una humedad eterna y fría.
          La neblina todas las tardes cubría con su etéreo manto las húmedas callejas lodosas que enmarcaban paredes blancas y grises. Las mujeres cubrían sus cuerpos con prendas oscuras, enrebozadas por lo regular, semejaban sombras deslizándose sin rumor alguno sobre los aceitados rieles de alguna maquina oculta. A la hora de las monótonas campanadas que venían de la blanquecina torre de la iglesia, se velaban con encajes brunos, color con el que totalmente se engalanaban para estos cultos, semejando un cortejo fúnebre y doliente.
          Era costumbre que no asistieran a la misa más que las mujeres, los barones ignoraban estas liturgias alegando que sus actividades les impedían acudir a este tipo de actos. Así que el sacerdote en cuestión, era pastor de un buen rebaño de hembras mustias, quejosas y sumisas, las que se le presentaban a la hora en que sonaba la campana. Mujeres que aunque vestidas de azabache y veladas, dejaban vislumbrar hay veces pasiones prohibidas, y un tanto accesibles a un varón dispuesto, ganoso, ávido y bien dotado, que sin mucha pena rescataba los mejores platos de tan surtida alacena, logrando por lo tanto influir discretamente en el censo poblacional, sin que lo notaran algunos, si no los demás.
          Así transcurría la vida en esa población dominada por el ritual. Había solo dos escuelas, la laica y la religiosa. Esta lógicamente dominada totalmente por el santo varón en turno o sea el sacerdote. La laica la administraba un profesor de las mismas creencias, más de orígenes salesianos, lo que le hacía ser más fanático y enérgico. Este ser oscuro y duro, se llamaba Placido Campuzano, pero ni era placido ni estaba sano.          El creía que afligiendo su cuerpo se quitaría del alma los malos pensamientos y los deseos sensuales. Esos que le asaltaban sin clemencia, principalmente en la noche, ya que era un ser solitario y amargado. Onán personificado en un pequeño cuerpo sin galanura alguna. Más su don mayor era ser un gran maestro, culto y de notables capacidades para la docencia. El solo daba las clases a todos los grados, desde el Primero hasta el Sexto. Siendo este grado el que tenía menos alumnos. Yo por esos tiempos aprendía el cuarto año. Mi grupo contaba con siete niños siendo yo el más adelantado y mi primo Albino, (Nombre que le caía al pelo por lo listo y vivaz, siempre estaba al alba) quien competía conmigo por las mejores calificaciones que Placido nos regateaba pero que nos daba. Me distinguí en Matemáticas y en Oratoria, por ahí existe una foto viejísima donde aparezco frente al cadáver de Don Venustiano Carranza en plena acción, ya que me eligieron para decir unas palabras en su velación, frente de los portales del palacio municipal. Al Presidente lo trasladaron desde donde lo asesinaron hasta mi comunidad, primer lugar y el más cercano donde reposaron un día sus restos. Me elegían para declamar y hacer las presentaciones de los actos sociales de la escuela. Dentro del circulo de compañeros del grupo se destacaba por travieso, juguetón y despabilado, un chico chaparrito, moreno y desparpajado, que siempre se andaba peleando y que como característica tenía que al atacar al contrincante, lo hacía embistiéndolo con la cabeza, o sea dándoles un topetón tremendo en el pecho o en el estómago, que les sacaba el aire y después los remataba a puñetazos. A este chico por esta característica le apodamos “El Chivo”.
          Cierta vez el Chivo nos presumió su valentía, diciéndonos.
          — A mí los espantos y los  fantasmas me hacen solo marañas.
          Por lo que le dijimos que si era tan valiente se fuera a quedar solo, una noche completa al panteón. Ni tardo ni perezoso el mentado Chivo se armó de un joronguito todo deshilachado que le llegaba apenas a las rodillas y un sombrerito de palma desgarrado y amarillento, y una tardecita ventolera y neblinosa de esas normales de por esos rumbos, le acompañamos hasta el centro del camposanto, dejándolo ahí hasta que se puso oscuro. Al otro día muy de madrugadita nos apersonamos los más curiosos, y lo hayamos desmallado por el susto, tirado en un agujero de una tumba vieja a la que ya le habían sacado el difunto. Su jorongo se había atorado de un clavo de una podrida y vieja cruz que se trajo jalando un buen trecho, dando trompicones, huyendo según él, de un muerto aparecido que lo quería jalar a la tumba, hasta que cayó accidentalmente al hoyo socavado de esa tumba abandonada.
          Después de esto, el Chivo dejó de ir a la escuela y al poco tiempo murió. De susto y espantado, nos dijimos.
          Por esos años de 1915-16 era común y tradicional, que en los domingos se realizara en la plaza central de pueblo, el Tianguis. Donde acudían infinidad de puesteros a detallar sus variadas mercancías, entre las que se destacaban principalmente los productos del campo. Frutas de temporada, como Naranjas, Limas, Aguacates, Paguas, Camotes, Manzanas, Guayabas, Yucas, Trozos de caña, Anonas y Chirimoyas, Tejocotes, Membrillos, Chayotes de variados tamaños, entre los que se distinguían unos pequeñitos ricos y resecos. Elotes, Calabazas, Frijoles de muchos tipos, Habas, verduras frescas, Berros, Rábanos, Lechugas, grandes Endivias, frondosas Acelgas y Coles, Colinabos, Betabeles, Zanahorias, y Papas, entre ellas unas que se daban en enredadera, y otras enormes, silvestres, a las que les decían Cabezas de Negro.
          Bueno toda esta variedad de productos criollos que los paisanos consumían en sus diarias dietas. Estos mercaderes llegaban invariablemente en animales de carga, sobre las que transportaban sus mercancías, entre ellos abundaban las Mulas y se distinguía los Burros.
          Uno de estos animales nos brindó tema para platicar por semanas. Pues resulta que; imagínense lo abigarrado del paisaje dominguero, la plaza repleta de vendedores y marchantes, de paseantes y viajantes, de curiosos y desocupados, de mujeres, hombres, niños, perros y gatos. Los portales repletos de tenderetes y puestecillos, sobre las banquetas expendios de mil chucherías, canastas repletas de Tamales, Tlacoyos y enchiladas, cientos de bestias amarradas en las pilastras y árboles que rodeaban la enjolgoriada plaza. Expendios de Pulque, Tepache, Garapiña, y aguas de sabores, Limón con Chía, Horchata de semillas de Melón y de Chilacayote. Expendios de telas, Manta, Satín, Percal, Cabeza de Indio, Tuzor, Encajes, Tiras bordadas, Rebozos, Chales, Velos, Cobijas, Cotones, Jorongos, Cotorínas, Chamarras, pasa montañas, mangas de Hule y mil cosas más.
          De repente en ese batiburrillo hermoso y desorganizado, a un Burro macho se le despiertan los deseos sexuales que en su especie son irrefrenables, y reventando el cabestrillo con el que se hallaba atado a un pequeño Trueno sembrado en una glorieta, se lanza ufano y desbordado sobre una Yegüita Alazana media meca, que en esos momentos eligió para su desahogo, quien también rompe su atadura y huye desbocada entre el gentío, derrumbando mezas, puestos y canastos, rompiendo los tirantes con los que estaban atados los manteados, arrastrando las telas arrancadas entre sus cascos, exhibiendo el Burro Macho su enorme sexo excitado y colgante ante el gentío que solo atinaba a gritar.
          - ¡Burroooo, Zooooo, Burroooo! mientras nosotros, la chiquillería, corríamos detrás de los rijosos amantes, esperando ver consumado el acto, entre carcajadas y burlas mirando el desbarajuste hecho por los animales en celo.
          Otra vez, como pasaba continuamente porque estábamos en época revolucionaria, o sea en épocas de gente armada y de armas, de continuo se realizaban disparos y principalmente a la salida de las cantinas y burdelillos que existían a la orilla del pueblo. Y a donde temprano nos presentábamos con el ánimo de recoger los casquillos vacíos que coleccionábamos por calibre y para nuestros juegos; Vimos una cosa sorprendente.
          De una de las cantinas de más moda, salió un grupo como de seis hombres, disponiéndose a montar sus caballos, para retirarse a sus casas o campamentos, cuando de otra de las covachas cercanas, sale a trompicones un atolondrado parroquiano gritando.
          — ¡Viva Carranza, Jíjos de la Jijurria! ¡Viva el Carrancismo mendigos Villistas!
          Uno de los que marchaban. Un hombrón de largos bigotes y fiero semblante, se desprendió de grupo y cruzando la enlodada calle se dirigió al gritón.
          — ¿Qué dice Usted, Pelao?
          — ¡Que viva Carranza!
          — ¿Queee? — Levantando mucho la voz.
          — ¡Que viva mi General Carranza!
          El otro, sin pensarlo mucho, desenfunda su pistola y le dispara certeramente en la frente al gritón que cae como fulminado por un rayo en un gran charco de agua lodosa, y con la cara ensangrentada. El asesino se le acerca a mirarlo y le da una patada por los pies expresando.
          — ¡Mendigo Carranclan! ¡Nomás hasta aquí llegaste! — ¡Que viva Villa, cabrones!
           El silencio se alargó por la calle como un hilo de papalote rabeando por elevarse, mientras el grupo de los jinetes y sus caballos, sin prisas y al trote lento, se reencaminaron a sus asuntos, mientras yo corría ganándoles a mis compañeros para
recoger el brillante casquillo aun tibio de la bala del calibre 44 que había matado a aquel necio gritón, que tirado sobre el charco contemplábamos pálido y sangrante.
          Mientras les presumía a mis compañeros el trofeo y comentábamos el hecho. De repente y sorpresivamente. ¡El asesinado se levantó del agua puerca! ¡Siii! tambaleante y tocándose la cara y la frente sangrante, nos miró con ojos borrosos mientras levantaba su sombrero de pelo, y con una extraña sonrisa arrancó a correr entre el charquerío de la calle rumbo al centro del pueblo.
          ¡Nos quedamos estupefactos! Asustados y extrañados. ¿Pues no que estaba muerto? Luego nos enteramos, que la bala le pegó exactamente en la frente, pero por coincidencia o acto reflejo, el tipo aquel levanto la cara en el preciso momento del impacto, lo que hizo que el plomo le arrancara el cuero cabelludo en una línea recta desde la frente a la coronilla. ¡Suerte de gritón!
COSAMALOAPAN.

Aquí estoy ya ante tu clima florido
Cosamaloapan de las calles abiertas,
donde se elevan como palomas mis suspiros
y en donde navega esta mi nave incierta.
Aquí estoy ya y mi alma triste
encuentra el don de suspirar sin miedos,
porque tú, acogedora diste
la nueva luz que alumbrará mi cielos.

Aquí estoy ya y me das la bienvenida
abriéndome tus calles sin recelo,
porque en ti no hay esa amistad fingida
en ti hay claridad y brillos de luceros.

Yo vine de tierras más altas
en donde un suspiro se vuelve canción,
en donde la luna se anida en las sierras
y en donde el aire es más fresco y dulzón.
1971. Cosamaloapan, Ver. S.a.C.f.

Y me llevo en el son de tu río
la eterna dicha de tu ritmo azucarado,
del Cañal, del Cocal, del Mango colorado
que pintó la senda de mi sutil hastío.

¡Adiós Cosamaloapan! Te dejo de recuerdo
mi trova abierta que brotó en tus calles,
con ella te pinte tan solo unos detalles
de tus linduras que en mi memorial no pierdo.

¡Adiós Cosamaloapan luminosa!
Dejo mi corazón colgado en tus palmeras,
y en tus calles abiertas que me dieran
la paz buscada por mi alma que solloza.

¡Adiós Cosamaloapan! Me voy pero sin ganas,
y me llevo gravada en mi piel tu simpatía,
jamás olvidaré que cierto día
de verde me pintaste mis mañanas.
¡Adiós Cosamaloapan!
13.00 Hrs. del 30 de Mayo del 2006.
Xalapa, Ver.  S.a.C.f.      

jueves, 12 de diciembre de 2013

EL TIGRE
Jaguar.
(Pantera Onca)

C
omo recuerdo el olor de aquel gatote. El olor y el peso cuando lo cargué con mis brazos y lo eché sobre el macho tuerto. Era un olor almizclado y picoso, era un peso alegre y satisfactorio, pues al fin lo había podido atrapar, después de tantos desvelos y preocupaciones, después de tanta paciencia y habilidad generada, pues el tigre ya era muy viejo, mañoso y desconfiado, por lo que resultó sorpresivo por un lado, encontrármelo atrapado en la trampa y muy satisfactorio haber realizado la gran hazaña de ser yo, el que fabricara la trampa y el que atrapara al último de los grandes tigres que existían en la zona.
Todo esto ocurrió hace ya muchos años; cuando todavía no buscaba mujer para convivir y mis esfuerzos y empeños eran para contribuir en el sostenimiento del hogar paterno. Sucedió en una fracción de la Sierra Poblana, enclavada en un área tropical y boscosa; entre los límites de los estado de Veracruz y de Puebla. Esta porción del estado de Puebla se deja circundar y envolver por el río “San Marcos”, que le sirve de indicador de límites. Río que ha servido de vía de comunicación entre Sierra y Golfo, pues cuando se comenzó a explotar la zona boscosa, precisamente por medio del río y en época de crecientes, se mandaban las trozas de “caobo” y “cedro” por las corrientes del “San Marcos” hacia Cazones, pueblito del que toma verdadero nombre el río.
En esos tiempos abundaba la fauna silvestre. Destacándose entre las aves, el “Faisán Real” (Hoco Faisán, Crax rubra), negro, brillante y de copete chino, los machos con una protuberancia bolúda en el pico de color amarillo limón, la hembra de apariencia mas discreta. El “Cojolite” (Penélope purpurances), un pavón de carne muy estimada. La “Totocalca” (Trogón Colicobrizo. Trogon Elegans), ave vistosa de plumaje verde, rojo y blanco. Los “Picos Reales”, de dos tipos, el mas atractivo y el mas grande era negro con un collar amarillo o blanco y el pico amarillo, rojo y negro (Tucán Piquiverde. Ramphastos sulfuratus) El “Pico de Canoa”, el mas pequeño pero también de vistosas plumas verdes (Tucancillo verde Aulacorhynchus prasinus), el pico negro y amarillo. Las “Tuyónas”, gallinitas silvestres que matábamos atrayéndolas a nuestro lado, imitando el silbido del macho (Y los “Zopilotes Reales”( Carroñero rey. sarcoramphus papa), grandes aves carroñeras, parientes de los buitres pero mas pequeñas, que tenían un collar blanco y un moco rojo tornasolado, que se destacaba de su cabeza sin plumas, en sus alas destacaban también una hilera de plumas blancas y cuando volaban se distinguían fácilmente entre los zopilotes normales(Caragyps atratus) y las “auras”( Cathartes aura). De los cuadrúpedos, el venado “Cola Blanca” y el “Temazate”, el “Cuerno de Cabra” y los “gamos”. Los preferíamos en las cacerías.
Había jabalíes de dos clases, el “tamborcillo”, que andaba siempre en manadas y el “Negro” que vagaba en parejas y que era de talla mayor. Los “Tejones”, también de dos clases, el de manada y el “Tejón Solo”.
Los “mapaches”, los “perros de agua”, las “tusas reales”, la carne de monte mas excelente, preferida sobre cualquier otra. Los “tepechiches”, especie de gatos pardos y alargados. Los “Osos Hormigueros”, que espantaban en las noches a los caminantes, pues tenían la peculiaridad de pararse en las patas traseras y caminar moviendo la cola que era de pelos muy largos. Las “Martas” o “Martos”, especie de perezoso; este animalito de piel muy fina y tupida, era difícil de matar, pues se pescaba con su cola de las ramas, además de que se tapaba las heridas con ramitas y hojitas de árbol. Los “leones”, mas bien “pumas”, que chiflaban y acompañaban a los caminantes por las veredas de la sierra. Los “tigrillos”, “tecuanes” o “güinduris” pequeños felinos muy hermosos y hábiles para cazar aves y pequeños roedores. Y el más extraño, temido y misterioso de todos ¡EL TIGRE! (Pantera onca)
Para todos desde que éramos pequeños, este animal era sinónimo de “chingón” de “matador” de “come gente”.
Cuando por las noches nos querían mandar a la cama de inmediato, nada mas nos decían: “¡Ahí viene el Tigre! y se acabó el relajo, a la cama toda la escuinclada.
Aun recuerdo el retumbo del rugido del tigre. Era una especie de bufido ronco, entre bramido y gruñido, muy parecido al bramido de los toros cimarrones viejos que se amatillaban; mas distinguible, pues era amenazador. Era un sonido impresionante y atemorizante, pero común en esos tiempos.
Yo era un varón bien formado, decidido y arriesgado, además de osado. Recuerdo que me sentía amo del mundo, lo que me proponía lo lograba, era muy estricto con mi cuerpo al que gobernaba con mi mente, castigándolo en ocasiones, pues siempre fui muy resistente al dolor físico.
En esos tiempos mi trabajo era el de encargado de la finca de mi padre, finca donde la mayoría del terreno era solo selva tropical y húmeda, aunque habíamos desforestado algunas hectáreas que convertimos en potreros de sacáte “guineo”. Praderas donde pastaba el ganado, vacas principalmente, que ordeñábamos todos los días muy de madrugadita y a las que se les comenzaron a perder los becerros de cuando en vez, cosa que me alarmó, llevándome a investigar que es lo que pasaba. La primera vez que encontré algo raro, fue cuando hallé a un infortunado becerrito muerto, atravesado en la horqueta de un gran árbol, como a dos metros del suelo. Al animalito ya le habían comido la asadura y parte del pecho y del costillar. Encontré huellas de rasguños en la corteza del árbol y calculando el peso del becerro y la altura donde lo hallé, me dije:
- ¡A Jijo de la tiznada!, esto está cabrón. Y me fui para la casa.
Consulté con uno de los peones más viejos de la finca, el cual me dijo:
-¡Patrón! - Es un rechingado tigre. - ¡Sí patrón! ¡Ya nos cayó el chahuistle! - Este Pínche gato va a seguir comiéndose los becerros, va usted a ver. Yo lo escuché, notando en sus ojos la seriedad y la preocupación, pero me dije.
-A mi ningún gato viejo me araña las patas.
Me puse mas abusado, comencé a achicar la becerrada mas temprano y siempre traía la súper, calibre que yo consideraba poderoso, aceitadita y con un cargador extra repleto de balas nuevas. Además de que cuando transitaba por las veredas campeando a las vacas, andaba yo a las vivas. Conseguí con unos amigos del rumbo de la Hacienda de “Huitchila” (Huitzilac) y, halla por San Rafael, los Triana., unas trampas de fierro de esas de muelle; trampas con las que ellos ya habían atrapado a tigres, y las comencé a poner por los pasaderos que según yo, eran recorrido normal del taimado carnicero.
Este tigre, luego descubrí, tenía su zona de caza muy amplia. Mataba por las fincas de a la redonda. Por Zoquiapan, Huilotla, El Carpintero, Amixtlán, El Paso de Chicualoque, El Suchil, San Diego, El Cerro de Tepezala, Huitzilac y mi terruño, Zanatepec. Además de que seguí descubriendo sus singularidades. Sus huellas eran muy grandes, medían 17 Cms. de diámetro y había un espacio de 1.30 Mts. entre las huellas de las patas y las huellas de las manos. Nunca lo había visto, pero llegué a conocer sus andanzas, pues me puse como reto el matarlo o atraparlo. Mis vacas también se acostumbraron al tigre. Cuando iba por las tardes a achicar las crías se encontraban reunidas formando un círculo con las crías y los mas débiles, echados en el interior y por fuera los toros machos.
Cuando comencé a poner las trampas de fierro, llegué a atrapar mapaches, tejones y una vez a un tigrillo. Mas el tigre solo olfateaba la carnada y rodeaba la trampa. Varias veces lo esperé en compañía de alguno de los cazadores mas reconocidos de la zona, trepados en algún árbol cercano de donde había dejado a su presa sin acabarla de comer. El tigre nos olfateaba pues le escuchábamos cerca nada más. Esas noches para mí eran muy emocionantes y hermosas. Siempre he sido muy observador y he gozado con las cosas que la naturaleza me pone enfrente. Recuerdo muy bien el canto de las “Pusharacas” o tapacaminos” (tapacamino pucuyo, Nyctidromus albicollis), de los “tecolotes”(Búho coronado caricafé.Asio otus) y “tecolotillos”(Tecolotito colicorto. Micrathene whitneyi) y algún ave nocturna que gruñía con un grito alargado. Las luminiscencias fosforescentes que se levantaban de la hojarasca, los olores penetrantes y acres de la humedad nocturna. Detalles que se quedaron apuntados en mi mente y que jamás olvido.
Una vez, encontré una de las trampas cerradas y sin el cebo; entre los dientes de la trampa había algo de piel y sangre del tigre. Como la había calculado, era muy grande y lo que había pasado me indicó que con ese tipo de trampa jamás lograría mi objetivo, atrapar al tigre, por lo que regresé a mis amigos Triana sus artefactos que no me sirvieron y me dije:
-A este canijo tigre me lo hecho yo mismo. Pues ya me había cansado y soñaba con topármelo frente a frente, para desahogar mi coraje, vaciándole mi “súper” completita en su pinto pellejo.
Más el tigre no se presentaba nunca donde yo le esperaba, jamás lo logré ver frente a frente; solo sufría los daños de su presencia, pues continuaba matándome uno que otro becerro o ternera. Era muy hábil para esto.
Como en todo el rumbo se sabía de mi objetivo, no faltó quien me aconsejara poner otro tipo de trampa. Una trampa vieja. Trampa de las que utilizaban las gentes de antes para atrapar a tigres. Me dijeron,
- Hazte un Tlalpehual, con piedras grandes en su tarima, pa’ que de una vez por todas le des en la madre al pínche tigre.
Después de esta observación, comencé a preguntar que como podría hacer una trampa de esas y abriendo mucho las orejas memoricé todas las instrucciones al respecto.
Cuando me sentí capaz de hacer la trampa, comencé a cortar la madera que necesitaría.
Tres polines rollizos de madera fuerte, polines que medían como 8 pulgadas de diámetro por unos seis metros de largo y otras varas gruesas para hacer la trampa y el cerco donde estaría el cebo, mas otras varas delgadonas para construir el carril por donde tendría que entrar el tigre.
Los polines los clavé después de formar un círculo para sacar un triángulo exacto, uniendo las puntas por arriba, amarrándolas con bejucos resistentes, con los que formé una especie de grúa. Ellos iban a cargar el peso total de las piedras que irían sobre la tarima. El cebo, que yo pensé sería un pequeño cerdo, estaría amarrado dentro de un círculo de varas para que el tigre no lo pudiera alcanzar desde afuera y se tendría que meter goloso por el carril que le llevaría directamente a pisar la trampa que desataría la combinación para volcar sobre él, la casi tonelada y media de piedras que estarían sobre la tarima.
Todo esto hice, probando en vacío la trampa varias veces para que no me fallara. Las piedras las acarreé en bestias desde unos “cubes” cercanos a la finca. Cuando la trampa quedó armada, la observé, notando su grandeza y rusticidad; lo que me llevó a pensar que, si yo fuera el tigre, jamás me metería en una trampa tan burda, pero a la larga, eso lo razono ahora, fue lo que me hizo salir triunfante entre la experiencia del tigre y mi novatés en esas lides. Además de que en la trampa sólo se utilizaron materiales naturales, madera recién cortada, bejucos y piedras nativos, hasta el cordel conque amarré al puerquito, lo tejí con pita silvestre.
Por varios días tuve que meterme por el carril de la trampa para llevarle alimento al cerdito, con el riesgo de quedar atrapado en mi misma trampa. Una vez se me escapó el maldito puerco y ahí me tienen todo un vaquerazo tratando de lazar al mendigo cerdo; fue la tarde más desesperante de mi vida, pues tarde como tres horas en atraparlo, pero me sirvió la experiencia y lo aseguré mejor para que no me volviera a suceder lo mismo.
Noté en las veces que revisé la trampa, que el tigre la había rondado varias veces, más no se arriesgaba a introducirse. Esto y lo rústico de la trampa me hacía dudar de los resultados positivos que yo esperaba.
Mientras en mi trabajo a las vacas ya ni las arreaba, cuando llegaba yo al corral para achicar a las crías, todo el ganado se encontraba adentro, tan acostumbrados estaban al diario cuidado de reunirlos por las tardes.
Las vacas y los toros formaban un círculo dentro del corral para protegerse de un futuro ataque del tigre.
Yo con mi obsesión de atraparlo, me volvía más atrevido en mis andanzas por las zonas donde según yo, podría topármelo. En esas andanzas maté dos o tres venados con tiros de pistola, ya que jamás cacé con escopeta, era yo un buen tirador de pistola, de los que atinaban a los cinco oros de una carta de baraja a 50 metros de distancia, de los que mataban a los “cojolites” y a los “faisanes” con un tiro en la cabeza para no desperdiciar nada de carne, era yo bueno para el tiro.
Cierta mañana me llegué a revisar la trampa a la que no le tenía nada de confianza. Amarré mi caballo cerca de ahí, dirigiéndome sin muchos ánimos, casi ya por costumbre a darle su alimento al puerco que dejaba yo de cebo, cuando me voy topando al mentado tigre, que en una posición como de ataque, se encontraba casi a la salida del carril de entrada de la trampa. Me llevé el susto de mi vida. Eché mano rápidamente a la pistola, pero noté que el tigre ya no se movía, que estático estaba en la misma posición. Con el corazón latiéndome en todo el cuerpo, pues la impresión fue muy fuerte, me acerqué con la “súper” todavía en la mano, a revisar de cerca al animal. ¡La trampa había dado resultado! El tigre yacía muerto, aplastado de medio cuerpo por las piedras del “Tlalpehual”. Me senté un ratito frente de sus bigotes para tranquilizarme y absorber en plenitud mi triunfo y satisfacción.
¡Que grande era! ¡Este tigre deberás era un gatote!
Realmente había sido una gran suerte el atraparlo, pues era tal su tamaño que no cabía en el carril de entrada, el tigre tubo que meterse agazapado y casi forzado por el mentado carril que en uno de sus lados se encontraba destruido por los zarpazos que en su agonía y desesperación el tigre había dado.
El cerdito de cebo, se encontraba bien amarradito donde la había dejado, y yo, pues no cabía del gusto por mi logrado triunfo que no sentí ni el peso de las rocas cuando las levantaba para sacar el cuerpo del tigre de su tumba pétrea. Lo jalé con las manos rumbo a donde estaba mi caballo que al percibir el olor del tigre, se puso tan nervioso que reventó el cabestrillo, huyendo rumbo a un aguachal que se encontraba por ese rumbo. Me cargué al tigre sobre uno de mis hombros y caminé como unos 80 metros para dejarlo junto a las raíces de un encino viejo y luego traté de agarrar mi caballo, cosa que me costó trabajo ya que el olor del tigre se me había impregnado en mis ropas y cuando me le acercaba, nomás paraba las orejas y salía corriendo de puro pánico. Tuve que lavarme los brazos y el torso y sin camisa logré montarme nuevamente sobre él.
Resolví el problema de transportar el cuerpo del tigre al agarrar a un “muleto” viejo y casi ciego, que teníamos en el potrero. Animal que conservábamos por cariño, ya que había sido una de las primeras bestias de carga con las que habíamos contado. Pues sobre este macho transporté al tigre hacia el casco de la hacienda, que era parte de la casa grande, un conglomerado de casuchas de varas y rajas de madera techadas con hojas de pelo blanco, donde se hacinaban viviendo los familiares de la peonada, todos de raza criolla, que hablaban su idioma o dialecto de sonoridades melodiosas que me encantaba escuchar, cuando se bañaban en el temascal comunal, que utilizaban cada 8 días.
También me encantaba ver los cuerpos brillosos, rojos y desnudos de las mujeres y jovencitas a la hora de que salían mojadas brillosas  por el vapor que despedían las piedras del temascal. Estas mujeres no mostraban ningún pudor al respecto, solo se tapaban el sexo con las hojas que utilizaban para chacualearse mientras se encaminaban a una cercana poza que utilizaban como baño y dejaban al aire sus senos redondos y hay veces demasiado grandes y colgantes. Bueno, cuando llegué con el tigre, se comenzó a juntar la gente que estaba en las casas, pues todavía era temprano y los hombres se encontraban en sus faenas normales. Descargué al animal y entre varios lo colgamos, en una de las galeras para que lo desollaran y lo pudieran ver los que quisieran hacerlo. Fue realmente algo bello, ver llegar a los peones por la tardecita, mostrando un gran respeto a la bestia. Lo tocaban, tomaban su cola y la apretaban. A los pequeños los acercaban y los acariciaban con las garras del animal como para trasmitirles su fuerza, carácter y vigor. Platicaban en cuchicheos de los que alcancé a apreciar la palabra
-¡El Misín!, ¡El Misín!, que luego me enteré que quiere decir “El tigre”.
Me sentía como fuera de lugar, pues había podido matar al último de los tigres que había existido en mi rumbo. Aún tengo en la nariz el aroma de su cuerpo y en las manos conservo la agradable sensación de suavidad que me produjo el tocar su piel por vez primera.
Ahora todavía siento bonito cuando observo la piel del gran felino que conservo extendida sobre la chimenea de mi casa y me digo.
- Cuanto hace ya de esto y cuanta energía me proporcionó el haber matado al tigre, que a esta edad me siento todavía bien chingón.